Se suele decir que toda comparación es odiosa, pero la verdad es que casi nadie se priva de comparar. Ocurre en política, más o menos igual que en todo lo demás, al punto de muchas veces valorar más una ejecutoria, no por lo que es en sí misma, sino por lo que representa de cambio respecto a la anterior. Seguramente por eso, sigue sorprendiendo la normalidad institucional con que están discurriendo las conversaciones -negociaciones, a fin de cuentas- entre los presidentes autonómicos y el ministro de Fomento sobre planes e inversiones en infraestructuras en cada demarcación territorial. Al parecer, todos acaban razonablemente satisfechos, sin distinción entre los que profesan la misma fe política que el ministro y los que no. Ciertamente, no debería extrañar, pero es hasta cierto punto comprensible que lo haga, teniendo en cuenta los modos y maneras exhibidos por más de un predecesor.
El ejemplo más reciente -ayer- tuvo como protagonista al presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, sobre cuya situación política no hace falta comentar. El encono con que populares y socialistas se vienen cruzando imprecaciones sobre el vidrioso asunto de los trajes no ha sido óbice para que el ministerio haya comprometido impulsar de inmediato una serie de proyectos cuya conclusión es enormemente sensible para la economía de aquel territorio. Se puede decir que sorprende que sorprenda, pero es lo que hay.
No todos, pero sí una mayoría saludó el nombramiento de José Blanco al frente de Fomento con cierta mueca. Dejando aparte las dudas expresadas por más de uno respecto a su experiencia y cualificación para dirigir uno de los departamentos más complejos de la administración, se vertió la sospecha de que ejerciera el cargo bajo una óptica partidista, dada su condición de vicesecretario general y su propensión al análisis sectario durante su anterior etapa de portavoz socialista. Pero, al menos de momento, las cosas no parecen discurrir por ahí.
Lógicamente, es pronto para evaluar la gestión de Blanco en un área tan compleja, y entre otras cosas compararla con el desempeño de la ministra anterior. Aseguran los entendidos que Magdalena Álvarez condujo el ministerio mucho mejor de lo que se piensa y que la ejecutoria de Blanco difícilmente será mucho mejor. Pero en política, como en tantas otras cosas, importan bastante las sensaciones y, por ende, las actitudes, a la hora de enjuiciar. Y no queda más remedio que reconocer que algo muy sustancial ha cambiado: los mismos que antes salían cabreados del despacho de la ministra o sin haber podido acceder a él, hoy se manifiestan satisfechos tras un par de horas de reunión.
El tiempo dirá si los compromisos contraídos se plasman en realidades, pero de momento José Blanco está logrando sorprender con algo tan elemental como considerar que su tarea es solucionar problemas, no crearlos, sin perjuicio de cuál sea la inclinación política de un determinado territorio: afecta al socialismo o inclinada a favor del partido que, en todo lo demás, es recíprocamente inmisericorde oposición.