Presidente Consejo Editorial: Germán Yanke
Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
15-07-09 Nº 3.932 Año XI
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El Estado minimalista, la inflación y el déficit

Primo González

En las últimas semanas, el Gobierno ha desarrollado una actividad casi frenética negociando reformas de alcance que van a tener una indudable trascendencia económica a medio plazo para el conjunto del país. Dos han sido sobre todo las negociaciones en las que se ha puesto o se puede poner patas arriba el equilibrio financiero y fiscal del país: la nueva financiación autonómica y el llamado "diálogo social". ¿Se habrá tomado alguien la molestia de calcular el escenario financiero, naturalmente en términos del Estado español, que se deriva de los compromisos asumidos? ¿Aguantará la economía española los dos desafíos a los que se la está sometiendo? ¿Para qué servirá el Estado minimalista que saldrá de la presente subasta de competencias, recaudaciones y gastos repartidos con criterios esencialmente políticos, poco representativos por lo tanto de los criterios de asignación eficaz de los recursos?

Hay una frase que se ha venido escuchando en las últimas semanas, con especial insistencia a medida que se acercaba el final de la negociación para la nueva financiación autonómica: "con la nueva financiación, todos saldrán ganando". Es una frase quizás políticamente correcta, apaciguadora, que busca el equilibrio necesario para que ninguna Comunidad Autónoma, sea del color político que sea, sobre todo si no está gobernada por el partido gobernante a escala nacional, se sienta humillada, postergada o arrinconada. Todo un narcótico político. Pero, pensando con un poco de ánimo riguroso en lo que la frase encierra, no hay que saber mucho de matemáticas ni siquiera de economía para preguntarse como es posible que la suma de todo lo que se reparte sea superior a la suma de lo que ahora reciben. ¿Es el milagro de los panes y los peces?

Hay, desde liego, una vía de escape, el déficit público. Así cualquiera. Consiste en gastar más de lo que se ingresa. Antes había otra: atizar la productividad de la máquina de imprimir billetes de forma que cada cual experimentase la feliz y reconfortante vivencia de tener más dinero en el bolsillo. No explicaban a la gente que inevitablemente, a la vuelta de la esquina, el valor del mayor volumen de dinero que cada uno se llevaba sería inferior, lo que a la postre acababa por convertirse en una máquina de empobrecimiento colectivo. Aquella vía tenía un compañero de viaje habitual, las devaluaciones monetarias. Pero ni una cosa (fabricar dinero a placer, al margen de la producción real) ni la otra (cambiar por decreto los precios relativos nominales frente al exterior) pueden ahora aplicarse, a no ser que abandonemos la disciplina del euro, abandonemos el Banco Central Europeo y nos vayamos de la Unión Monetaria, hipótesis todas ellas que han rondado la cabeza de algunos sabios en los últimos meses.

El "todos saldrán ganando" (fabricando déficit público) se parece un poco a lo de la máquina de fabricar billetes. Es desde luego una fórmula más sofisticada y sutil, quizás más engañosa, pero no por ello generadora de bienestar y riqueza. El único beneficio que produce es el que recae de forma casi exclusiva sobre los líderes políticos, que pueden ofrecer a su clientela los aparentes resultados positivos de una buena gestión. El futuro de la economía pondrá, sin embargo, a cada uno en su sitio. Lo malo es que habrán de transcurrir unos años para que se puedan analizar con detalle y con objetividad y escaso riesgo de error los balances. Para entonces ya no estarán en el poder los políticos que han ideado y negociado la actual componenda, que ya ha tenido su primera expresión en la negociación de las cuotas de poder del nuevo sistema de financiación autonómica y que ahora se está aplicando, con la finalidad del apaciguamiento social, a un pacto en el que participen sindicatos y patronal, bajo el paraguas del Gobierno. También aquí el déficit jugará un papel posiblemente esencial. Se habla de un coste del pacto social por encima de los 8.000 millones de euros. Nadie explica qué podrá suceder con la economía real, que al fin y a la postre es la que nos da de comer a diario.


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