Al Profesor Arroyo Zapatero para que me perdone.
La sociedad civil se pregunta
por la forma en que los poderes públicos gestionan el binomio delito-pena. Le preocupa porque es ella la víctima, siempre es la víctima, si está del lado de quien ha sido objeto del delito porque sufre la consecuencia del mismo, que casi siempre, se dilata mucho mas allá del tiempo en que se comete. Las consecuencias de haber sido objeto de delito colean en el tiempo y se resisten a desaparecer, las secuelas de diverso orden, sobre todo psicológicas, se demoran y no se puede olvidar que a veces las consecuencias directas son irresolubles. La muerte de una persona objeto de un asesinato es un golpe definitivo a lo mas definitivo del ser humano que es su vida y consecuentemente sus consecuencias son fatales para la víctima y eternas para sus deudos.
Cuando la sociedad civil esta del lado del delincuente sufre también consecuencias ineludibles, las condiciones de vida futura del preso y su situación de privación de libertad y desde luego, las de su familia, se enmarañan de manera definitiva, tanto desde el punto de vista social como familiar y personal. El delincuente es así fuente de victimismo de la norma que ha violado y como un ventilador, la reparte a su alrededor salpicando al alcance en función de la gravedad de su hecho.
Los delitos son juzgados y, demostrado sin ningún lugar a dudas que los hechos fueron cometidos por el delincuente, se le impondrá la pena que el código penal establezca para el delito por el que es condenado y, supongo, podrá ser matizada por el juez en función de las circunstancias que concurran en la vista. La sentencia condenará al reo a la pena impuesta. Y ahí está, al parecer el problema. Un mismo delito puede ser condenado a una pena leve en unas circunstancias y otra gravísima en otras. A veces, los delitos se empañan con las condiciones políticas que subvierten el sentido de la pena y la aplican independizándose de las bases jurídicas, así, nos pueden echar una reprimenda o pasarnos a cuchillo. La justicia universal, continúa en el limbo utópico dependiendo más de los hombres que de las ideas.
La sociedad civil, en determinadas circunstancias mas que en otras, está pendiente de determinadas condenas a determinados delitos, la alarma social que provocaron, su truculencia especial, las características de sus víctimas o autores, etc. etc. se asoman cada vez que se conoce la sentencia esperada y casi siempre, además, defraudan a la sociedad civil y es raro que esta se sienta complacida o compensada por la pena impuesta. Se acaban de hacer públicas las penas de un crimen antisemita cometido en Francia en 2006 y la comunidad judía y la sociedad civil francesa en su conjunto han puesto el grito en el cielo. Parece que en determinadas circunstancias no hubiera suficiente condena para satisfacer el delito y a la sociedad civil, le cuesta admitir que cuestiones técnicas de jurisprudencia produzcan sentencias penales que, como en el caso citado, sean tan leves que los encausados no tengan ni que entrar en la prisión para cumplirlas. A la sociedad civil le puede quedar la sensación de que matar en unas sociedades tan garantistas como las democracias modernas pueda salir gratis, o casi.
No parece fácil deshacer el nudo porque se mezclan asuntos que no permiten mezclarse y el tiempo que desanuda los hechos cometidos y los traslada al tiempo de la vista jurídica también emborrona el asunto por un lado y lo templa por otro. Lo que sucede es que las sensaciones que se le quedan a la sociedad civil no son una cuestión barata. La memoria, como el agua, siempre acaba saliendo por donde no se la espera y siempre con consecuencias.
Vuelven las cosas a adormilarse como los carneros al sol. Julio