Ni los sindicatos ni la patronal perciben que tengan algo que ganar con el pacto social que el Gobierno les reclama: no encuentran suficientes puntos de encuentro como para oficiar un acuerdo y una foto. Las bases presionan a cada parte para sostener sus respectivas posiciones y los liderazgos a ambos lados de la mesa son más tácticos que estratégicos, cada cual está guardando su viña.
La situación es lo suficientemente delicada (18% de paro y una recesión que no tiene precedente) como para que cualquier decisión altere el inestable equilibrio actual, nadie sostiene un discurso de cambio y a todos les viene bien que sea otro el que mueva pieza y asuma el coste de encabezar el movimiento.
El Gobierno es el primero que asumió el papel de don Tancredo ante el panorama laboral y reclama a las partes que propongan, quizá para diluir sus propias responsabilidades y evitar riesgos. Dicen que a Zapatero le espanta una huelga general, que ha vuelto a tejer el manto fino de la relación con la UGT y que sin Fidalgo en CCOO puede mejorar la sintonía con el otro gran sindicato.
A Felipe González las huelgas generales le rompieron su estrategia política y parlamentaria para meter demasiado ruido en el seno del partido. Y Aznar, que podía haber salido fortalecido de una huelga general, salió perjudicado de ella a pesar del escaso éxito de la movilización.
Este país no está curado de huelgas generales, los líderes políticos no quieren asumir ese desgaste y los sindicatos lo saben, por eso se resisten a mandar al cuarto de los trastos viejos el arma de la huelga general.
Como el Gobierno necesita la foto del acuerdo social, hará cuanto esté en su mano para rellenar una agenda y unas medidas de menor cuantía que hagan posible la foto y su venta. Pero ni hay proyecto, ni hay objetivos, ni hay voluntad de ir más lejos de la apariencia.
A ninguno le conviene asumir el papel de chico malo que se levanta de la mesa y rompe la negociación, y ninguno quiere aparecer como protagonista de un acuerdo que tiene que ser de mínimos y que hay que vender a los propios como mal menor e inevitable. Todo indica que habrá acuerdo (en realidad todos lo necesitan), pero para hacer poco daño y poco provecho. Aquí se trata de ir pasando. Y al Gobierno le toca poner aceite y que pasar el trance y disimular lo que se pueda.