Obama no arrolló en Moscú. El comentario de un estudiante "como los demás presidentes americanos, es una marioneta de los grupos de poder" puede que no refleje el sentimiento general ruso, pero sí algo enraizado en la mentalidad del país eslavo: Estados Unidos es un país prepotente cuya preocupación primordial es impedir que Rusia le haga sombra.
El hecho es que la primera cumbre entre Estados Unidos y Rusia en siete años ha pasado sin alharacas ni resultados espectaculares. Ha habido un pequeño deshielo, habrá una reducción en armamentos, lo que no es baladí, y Rusia permitirá abundantes vuelos diarios estadounidenses camino del conflicto de Afganistán... La desconfianza, con todo, entre los dos gobiernos no se ha despejado. Obama había dicho que Putin tenía "un pie en el pasado" y la entrevista con el ahora primer ministro, que se prolongó durante media hora por atascos con Irán, no ha debido cambiar esa impresión. Obama manifestó al salir que Putin tenía mucho carácter y era astuto. El líder ruso, en aparente sintonía total con Medvedev según señalaban los comentaristas rusos, no debió de gustar de la reprimenda del americano ni tampoco que Obama aceptara desayunar con él y prefiriera quedarse a cenar con su mujer e hijas en la suite del hotel. El presidente americano tiene la tendencia, encomiable para muchos, de dedicarle a su familia una velada en sus desplazamientos, pero los anfitriones permanecen deshojando si hay despego o desaire de su invitado.
Los puntos de desacuerdo han quedado sobre la mesa, el escudo defensivo americano a instalar en Polonia y Chequia -Obama lo ha congelado pero no cancelado-, la cuestión de Ucrania y Georgia y, sobre todo, la respuesta ante la ambición nuclear de Irán. Obama ha dicho con envidiable franqueza que los próximos meses mostrarán el grado de cooperación de Rusia en este campo.
La vista de Obama a Moscú ha tenido una sordina desconocida en otros viajes. Ninguna televisión transmitió en directo el importante discurso que dio en la Universidad, titulares modestos en la prensa, ningún gentío en sus desplazamientos y hasta, otra primicia, poco eco de la presencia de Michelle Obama. El presidente y su gente han tomado nota.
Otro estudiante que asistió complacido a la charla de Obama señalaba que entre los jóvenes tiene gancho, pero que para los de cierta edad lo de que el presidente americano sea de color les desconcierta. Piensan, explica aludiendo a una veta racista de sus compatriotas, "que los americanos se han vuelto locos".