La principal y esencial característica de los políticos españoles es su escaso interés en el devenir nacional y los intereses de los ciudadanos. Tal divorcio entre sus aspiraciones personales y partidistas y los problemas reales de la gente real está motivado por varias y muy diversas causas, aunque principalmente por el hambre de poder, por la incapacidad para afrontar los asuntos críticos de nuestro tiempo y por la consiguiente necesidad de lanzar cortinas de humo para ocultar su endeblez mental.
Actualmente nos enfrentamos a un crisis seria, agravada en España por nuestras serias carencias estructurales en el sistema productivo y el entorno laboral. Por si fuera poco, somos un país fracturado en pequeños más poderosos entes autonómicos que rara vez corren en la misma dirección del Estado. Las perspectivas de futuro son claramente desoladoras, porque cuando una cifra macroeconómica viene de buenas como la del paro del junio pasado suele acompañarse de otra dramática, como fue la baja de 180.000 personas en la Seguridad Social.
A pesar de la crisis, en alarde ostentoso y obsceno de su pasotismo y escaso interés en los problemas españoles, José Luis Rodríguez Zapatero y su poderoso equipo de propaganda se empecinan en tomar medidas precarias y buscar otros asuntos con los que distraer nuestra atención. Por ejemplo, esa ley sobre la energía nuclear que se coloca ahora entre las prioridades del Gobierno. La ley saldrá adelante. La pregunta es si, como ha sucedido con la de la mal llamada violencia de género o la de dependencia, el Ejecutivo estará dispuesto a aplicarla una vez sancionada.
Aunque lo que más me asombra es que el Gobierno del PSOE -es preocupante la creciente identificación entre los conceptos de ejecutivo-partido-líder- se empeña en avanzar en la nueva financiación autonómica. Cuando peor andan las cuentas del Estado, más prisas hay por llegar a un acuerdo con las Comunidades Autónomas para saber cuánto se las va a pagar.
El momento es malo en cuanto sumergidos en una crisis económica. Lo que no entiendo es cómo se ponen a hablar de dinero para financiar las administraciones autonómicas cuando aún no se ha desarrollado del todo el reparto de competencias. La Constitución del 78 dejó abierta la posibilidad de transferirlas sin establecer un
numerus clausus.
Y así, poco a poco, lo periférico va vaciando lo central. No estoy de acuerdo con el sistema, pero es lo que hay. Los nuevos Estatutos que se han aprobado en los últimos años prevén que las Autonomías irán adquiriendo nuevas competencias, pero tampoco establecen un límite. Entonces, la financiación que valga en 2009, ¿valdrá dentro de cinco años?
Sin embargo, Zapatero no para de reunirse con distintos presidentes autonómicos para ver qué quiere cada uno. Y la única conclusión que se puede sacar de estas negociaciones -donde el Estado parece someterse a la administración inferior- es que todas recibirán más que la media, disparatado sortilegio estadístico propio de una película de los hermanos Marx, profetas nunca suficientemente venerados.
Así están las cosas y así seguirán. Una vez asumido como inevitable este sistema autonómico de mierda -que me parece disgregador y debilitador-, me pregunto si, de todas maneras, estos asuntos que afectan al dinero de los impuestos de todos los españoles, independientemente de la comunidad que les aflija, no deberían ser tratados en el Congreso de los Diputados como cualquier otra ley que afecte al interés general. Claro que uno cree en el sistema democrático parlamentario y en la publicidad de los grandes asuntos de Estado. Algo, evidentemente, anacrónico y antisistema.
Ahora en serio, es para echarse a temblar que estén hablando de cómo repartirse los cuartos cuando ni siquiera se sabe qué podrán o no hacer las Autonomías dentro de unos años. Y aún más que la partida se juegue en 17 mesas clandestinas en lugar de en la central, la única legítima y a la que mejor se podría iluminar. Mientras España se desintegra en un marasmo de confusiones estructurales y administrativas, en una anarquía fáctica donde el Estado de Derecho es una utopía y en un clima social de desencanto e indolencia, los políticos juegan al Monopoly de la financiación autonómica. Perfecto. Pero que luego, cuando se vean los resultados y la nave española se hunda, nadie se queje.
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