La ley que transformó los clubes deportivos en sociedades anónimas, con excepción en fútbol de Real Madrid, Fútbol Club Barcelona, Athletic Club y Osasuna, no había vivido una ampliación de capital de una entidad importante. La del Valencia es casi un hito.
La costumbre de ir acumulando deudas sin que nadie diera la cara por ellas o se responsabilizara de las mismas no creó la sensación de que debían acudir a pagarlas los dueños de la sociedad. En Valencia se llegó a la conclusión de que para no exigir responsabilidades a los principales culpables del desacato económico la única salida era la ampliación de capital.
Los dos mayores accionistas no eran partidarios de tal medida. A Juan Soler y Vicente Soriano tener que acudir a nuevas compras les obligaba, para mantener su supremacía en el paquete accionarial, a fuerte desembolso. Ambos accedieron a la medida a regañadientes y se han arrepentido.
Vicente Soriano, especie de mago que anuncia que sacará el conejo de la chistera y no lo cumple, ha reaparecido con la compra de acciones de Soler y con ello se ha convertido, en nombre de una empresa semidesconocida y con sede en Montevideo, en máximo accionista.
Soriano ha seguido su táctica de no mostrar documentos. Todos sus argumentos son verbales. Con la presunta compraventa de acciones pretende mandar inmediatamente. Ha prometido 500 millones de euros, con lo que acaba los males del Valencia al vender las parcelas de Mestalla, pero continúa sin ofrecer pruebas que avalen sus promesas.
Pidió la convocatoria de junta general para tomar el poder y anular la ampliación de capital. Esta operación no ha sido parada por los dirigentes del club, que cuentan con el apoyo de Bancaja, el mayor acreedor del club.
Los accionistas están acudiendo a la ampliación. Siguen pensando que Soriano, de nuevo, se quedará en un bla-bla.