Durante mi primeros cinco años al frente de
ABC
(1999-2004) tuve la suerte de incorporar al plantel de colaboradores del periódico a grandes firmas como las de Mikel Buesa -presidente a la sazón del Foro de Ermua-, hermano del asesinado Fernando, dirigente emblemático del PSE-PSOE y catedrático de Economía, y la de Carlos Martínez Gorriarán, profesor de la Universidad Pública Vasca y uno de los inspiradores y sostenedores de ¡Basta Ya!, la organización que propició la entente en el 2000 entre Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros, también alimentada intelectualmente por Fernando Savater y que convulsionó éticamente a la sociedad vasca hasta hace pocos años.
En un momento determinado, hartos los tres de la endogamia partidista y de la morfología de un Estado que no garantizaba la ciudadanía en términos de igualdad y solidaridad, Buesa y Martínez Gorriarán decidieron aglutinarse en torno a la disidencia socialista de Rosa Díez y fundar Unión, Progreso y Democracia, un partido que resultó una revelación en las pasadas generales al obtener la vasca escaño en el Congreso y lograr luego, en marzo de este año, un acta en el Parlamento de Vitoria y una plaza en el Parlamento europeo el pasado 7-J. Aunque las expectativas, tanto en las autonómicas vascas como en las europeas eran superiores, es cierto que UPyD había emergido con fuerza. Sin embargo, la omnipresencia de Rosa Díez, su absorción de todo el protagonismo y la dilución de cualquier otra personalidad que completase el cuadro de mandos de la organización ha comenzado a crear graves problemas que han dado con Mikel Buesa fuera del partido. Mal asunto, porque el catedrático de la Complutense es un hombre de grandes hechuras intelectuales, un tanto indómito, pero tenaz y convencido, y si se ha ido de UPyD con una crítica directa a los modos de Rosa Díez es síntoma de que lo que ocurre en la organización es grave. Desconozco en qué sintonía está con él Carlos Martínez Gorriarán -que es un valor esencial en UPyD- ni sé tampoco cómo respira Fernando Savater al respecto.
Pero hace algunos meses y semanas se registraron algunos hechos inquietantes: la aproximación de Rosa Díez a las covachuelas más retrógradas de los medios de comunicación en España. La política vasca comulgó con las ruedas de molino de la conspiración del 11-M en los micrófonos del defenestrado Federico Jiménez Losantos y respaldó algún rescoldo de la fracasada apuesta del locutor y del director de
El Mundo.
Ahí me pareció comprobar un oportunismo que jamás hubiera atribuido a gentes de UPyD y percibí una suerte de caudillismo en Díez que ahora confirma la salida de Buesa del partido.
Es verdad que la nueva formación no ha sido tratada con generosidad por los medios; que las entidades financieras no le han dado facilidad alguna; que se le han abierto pocos espacios para la respiración ideológica..., pero el retraso en articular una dirección y elaborar un programa de cierta consistencia ha ido en detrimento de la solvencia de esa nueva opción. La consecuencia es que UPyD ha pasado a ser conocido como el "partido de Rosa Díez" y no por sus siglas. La salida de Mikel Buesa, y el rosario de defecciones, desencantos y críticas que ya se han producido y se oyen en la organización deberían ser un revulsivo para la propia Rosa Díez. En ella concurren muchos méritos, pero no los únicos. Ella ha puesto la notoriedad, pero detrás de esa reputación hay un trabajo callado y sostenido de decenas de personas que, como Buesa, son inteligentes, entregadas y preparadas, a las que hay que escuchar e incorporar activamente a la construcción de un partido que no puede sostenerse ya sólo en la imagen y el discurso de su líder.
Lo que ocurre se veía venir desde hace algún tiempo -¡esas malas compañías ultras!- y la decisión de Buesa debería hacer reflexionar para cambiar ahora que todavía es tiempo de hacerlo. Rosa Díez debe recordar que tras Ciudadanos de Rivera había toda una bancada de intelectuales que han ido abandonando la iniciativa, ya prácticamente muerta: Boadella, Espada, Pericay... ¿Ocurrirá lo mismo con UPyD? Veremos.