Visto desde lejos -ya que no hay otro modo-, la cumbre del G-8 da la sensación de que, existiendo problemas, las cosas no van tan mal como pudiera pensarse. O como tantas familias y empresas constatan a diario, quizá ajenas a los grandes planteamientos de los más destacados líderes mundiales. Incluso se permiten bromas y suspicacias sobre lo poco que se ha preparado la reunión por los anfitriones y lo mucho que se recela sobre las medidas para asegurar la confidencialidad de las conversaciones. Es el reino de Berlusconi, no hay duda.
Por el momento, la más importante de las preocupaciones del G-8 parece ser el calentamiento global, en concreto el efecto climático de las emisiones de CO2. No da la impresión, sin embargo, de que esté sobre la mesa una "revolución verde" que, con sus exigencias, facilite también oportunidades de crecimiento para el futuro, sino de una alarma, las emisiones y el calentamiento, que se abordan de un modo burocrático: limitaciones consideradas por algunos insuficientes y por otros exageradas en las circunstancias actuales, negociaciones para la compra de cuotas contaminantes a países cuya industria no supera los máximos permitidos, reclamaciones de ayudas financieras a las grandes potencias por aquellos que son invitados a sumarse a esta curiosa contabilidad sobre el calentamiento.
Hay que reconocer que en Francia, que está presente en la cumbre, se ha tratado de convertir el impulso ecológico en oportunidad de negocio y de creación de empleo. El ministro de Ecología y Desarrollo Sostenible, Jean-Louis Borloo, trata de ejecutar un ambicioso plan, en el que no se pone en duda la energía nuclear, que pretende no sólo mejorar el desarrollo sostenible, reducción de emisiones incluido, sino hacer de él un motor económico que cree, hasta el 2020, más de medio millón de empleos. Se puede o no estar de acuerdo con el detalle de su plan, o con el modo en que está siendo llevado a cabo, pero no se puede negar que el presidente del Partido Radical, coaligado con la UMP de Sarkozy, quiere hacer de la preocupación ecológica más una oportunidad que un mero problema. En el G-8 parece sólo un problema... contable y diferido por lo menos al 2020, si no es al 2050, es decir, cuando ya se pueda certificar cómo le han ido las cosas a Borloo, que seguramente estará al margen de sus responsabilidades actuales.
Seguirán todavía reunidos, con la incorporación momentánea y a veces cosmética, de otros gobernantes, pero el cálculo sobre las emisiones de CO2 se plantea en un escenario virtual de que "lo peor de la crisis ha pasado", lema que, si puede satisfacer a los encargados de imagen de los líderes políticos, no convence ni a los especialistas ni a los contribuyentes. Es virtual, además, porque la urgencia y la determinación para salir, y salir fortalecidos en la medida de lo posible, de la grave situación económica, no parecen las mismas entre los recibidos por Berlusconi en L'Aquila. Mucha cordialidad, al parecer, y mucha satisfacción por haber dejado atrás lo peor de la crisis, una sinsorgada ya que, con más preocupación que entusiasmo, se está ya preparando la cumbre del G-20 en Pittsburg para afrontar cuestiones que ya deberían haber sido puestas en marcha si la realidad no fuera que, a pesar de tanta reunión internacional, los deberes tienen que ser hechos en la casa de cada uno, como acaba de decir, con una cierta dosis de realismo, el presidente del Banco Central Europeo.
Así que ahí les tenemos: con lo peor de la crisis a la espalda, la reducción de emisiones en el futuro lejano y el presente, del que los mandatarios son sólo padrinos, simbolizado por las consecuencias no resueltas de un terremoto. El presente es la desolación de L'Aquila. Muy prometedor.