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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
03-07-09 Nº 3.920 Año XI
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El 'Berlusconigate', corrupción, poder y política

Javier Pérez Pellón

"Diariamente vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la política no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente es la política, como dijo Napoleón hace ya más de cien años, la fatalité moderne, la nueva fatalidad, vamos a intentar conocer los hombres que alientan tras esas potencias y, con ello, el secreto de su poder peligroso". Esto lo escribía Stefan Zweig, en el otoño de 1929, en Salzburgo, en el prólogo de su magnífica biografía de Joseph Fouché. Un formidable escritor austríaco, de origen judío, y hoy injustamente olvidado por el público lector, sobre todo el formado por gentes de mediana edad, jóvenes y marujas, sicodependientes del último "bestseller" que les cuente chismes de duquesas y marquesas y ricachones y deportistas, socialmente envidiados más por sus fortunas que por sus personales e intransferibles valores intelectuales y culurales.

A este despiadado retrato de la fatalité moderne podrían corresponder los perfiles de más de uno de los gobernantes europeos, y de otras latitudes, alzados en el pedestal del poder, como es el caso de Silvio Berlusconi en Italia, al igual que podría serlo el de nuestro Zapatero en España.

Y esto porque aunque siempre la colectividad ha necesitado, en el ideario puro de sus ambiciones, de la existencia del héroe que aumente la fuerza de sus ideales para elevarla espiritualmente, lo cierto es que hoy, en esta nuestra época, en que nos ha tocado vivir, tan pobre de biografías heróicas, en la política de todos los días, "las figuras superiores, los hombres de puras ideas, han sido sustiuidos por esa mal llamada eficacia del poder oculto de hombres inferiores, figuras de segundo término, aunque más hábiles que las primeras, de equívoco carácter y de precaria inteligencia. Y es en este juego inseguro y, a veces, insolente de la política, en el que las naciones confían sus hijos y su proprio porvenir".

Y todo porque esta indecente política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante ante esos nuevos caudillos que la han creado e influenciado. En realidad esto ya lo había descubierto Aristóteles, que en su tratado sobre la Política afirmaba que "cuando se toma la determinación de hacer decidir al pueblo, en realidad es quien condicionando al pueblo decide por sí mismo".

Y después está el poder del dinero, soberano, insolente, audaz, que en política siempre aparece en el momento oportuno. El dinero crea corrupción, que, a su vez, genera nuevas ganancias para extender la telaraña de posteriores corrupciones. Lo sabía ese magistral y gran cínico de la literatura italiana del Renacimiento, Pietro Aretino, al que de noche atormentaban los espíritus y las brujas, cuando decía que "el dinero es el soplo que hace sonar las trompetas de la virtud".

Pero para corromper se necesita estar en poder de la información. Información para comunicar al pueblo sus propios mensajes e información para saber cuánto dinero acepta cada uno, por quién es sobornado, por cuánto se le compra. Así se le puede manejar para mantenerle en absoluta dependencia respecto al superior que se ha constituido en autoridad. "La información sobre las conspiraciones, en parte para batirlas, en parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política siempre del lado favorable". "¿Si al vértice del Estado se toca el violín, se puede esperar que abajo no bailen?", se preguntaba Karl Marx.

"El saber con antelación las noticias del teatro de la guerra y las negociaciones de paz permite operar en Bolsa con financieros complacientes". Y esto no forma parte de ninguna elucubración de ciencia ficción de la política, pues lo saben muy bien todas aquellas compañías financieras que con suficiente antelación tuvieron noticias de la invasión del Kuwait, en la Primera Guerra del Golfo o de los atentados terroristas a las dos Torres Gemelas del 11 de septiempre del 2001. ¿Sabemos hoy día, con transparencia y exactitud, lo que sucede con las tropas españolas o italianas o estadounidenses destacadas en Afganistán? ¿Se da cuenta a la pública opinión, distraída con la crónica rosa y la deportiva, del ingente número de víctimas, muchas de ellas civiles inocentes, que diariamente caen en las operaciones conjuntas de esos tres ejércitos de invasión del desgraciado país asiático? ¿Cuál puede ser, en resumidas cuentas, la ganancia material que se obtiene en cambio de esas matanzas indiscriminadas? ¿El comercio, cada vez más floreciente, de armas? ¿La experimentación de otras nuevas y de técnicas que más tarde pudieran servir para fines civiles y aumento de la riqueza de sus fabricantes y gobiernos que las han propiciado?

Es en este perverso y, a la vez, grotesco, escenario, doméstico e internacional, donde se está desarrollando la representación del Berlusconigate. Y no tanto de sus ballets rosa, de banquetes en dulce compañía de señoritas complacientes en las suntuosas mansiones que el premier italiano posee en Roma y en Cerdeña, sino por el uso y abuso, como totalidad de su campaña política, que de esta información o malinformación o información a medias o información falsificada o aquella obtenida con corruptelas está ofreciendo la izquierda italiana, no sólo portadora de un catosocialcomunismo atrasado y de opereta -tanto o más que aquella otra berlusconiana que combaten-, sino porque esa misma izquierda parece también salpicada del dulce lodo de festejos rosa donde corre el champán y se exhiben las muchachitas en flor, con ansias de popularidad y de virtudes precozmente deshojadas.

La RAI TV, es decir, la televisión del Estado, da diaria información libre, de la vida alegre de Berlusconi, parte de ella ya bajo la atenta mirada de la magistratura de la ciudad de Bari, por lo que pueda derivarse del presunto delito de inducción a la prostitución e, incluso, del consumo y tráfico, ilegal, de productos estupefacientes. Inquietantes acusaciones de las cuales los abogados de Berlusconi se defienden calificándolas de carentes de pruebas y el proprio presidente del Gobierno acusando a la izquierda de complotar contra él, al no poder oponer un razonado juicio político contrario a la línea con la que está actuando el Ejecutivo bajo su mando.

Nunca se sabrá la verdad, ni de una ni de la otra parte. O quizás tendrán que pasar muchos años para que los historiadores puedan interpretarla con un ligero atisbo de verosimilitud.

Lo cierto es que, a Berlusconi, esta campaña le ha deteriorado su imagen, aunque no tanto como esperaban sus detractores. Berlusconi, encabezando el centro-derecha, ha ganado, con un amplio margen de puntos sobre la izquierda, las elecciones europeas y ha arrasado en las más recientes elecciones provinciales y municipales. Y esto es un juicio objetivo del cual habla la objetividad de los números.

Y es aquí, en medio de reuniones internacionales de gran empeño como el G-8, el haber sido autorizado por el presidente Dimitri Medvedev para hablar en su representación de la postura conciliadora que adoptará la Federación Rusa con respecto a la OTAN. El tener que hacer frente a ese destino catastrófico italiano que ha visto devastada media región de los Abruzos con el terremoto del Aquila o ese atroz incendio, provocado por un gas altamente tóxico, que ha envenenado y vestido de luto la ciudad de Viareggio, el puerto de la Liguria, célebre por su carnavales y hoy convertido en una antorcha de fuego bajo el paraguas de un nube tóxica de negros presagios.

Alguien, uno de los "padres de la patria", de la moderna República italiana y de la Democracia Cristiana, varias veces ministro, ex jefe de Gobierno, ex presidente del Senado y ex presidente de la República, el siempre lúcido, perspicaz y cínico, como conviene a un viejo caballo de raza democristiano, Francesco Cossiga, sale al paso en defensa, en una carta abierta publicada recientemente por Il Corriere delle Sera, del angustiado Silvio Berlusconi y le propone seguir una serie de consejos.

En primer lugar, y después de haberse declarado amigo suyo, expresa su opinión, sobre la inoportunidad y la mala fe de quien pretender extraer un juicio político de la vida privada, eufemísticamente llamada vida "sentimental", de Berlusconi, siempre y cuando esté demostrado que ello no ha influido en el desarrollo normal de sus funciones públicas. "No me parece -dice Cossiga- que el juicio político de entonces y el juicio histórico de hoy hayan marcado con el sello de la infamia a John Fitzgerald y Robert Kennedy, cuyas actividades galantes superan con mucho las tuyas, a pesar de que tuvieron aspectos inquietantes sobre los cuales la justicia americana se negó a intervenir en profundidad. Por no hablar del primer ministro británico Wilson, que consiguió que la Reina Isabel, que no opuso la menor resistencia, nombrara par vitalicio, con el título de baronesa, a una colaboradora suya, 'colaboradora' en sentido lato". También Cossiga recuerda a Berlusconi que también él, durante casi siete años, sufrió los ataques feroces y el odio sobre su persona por parte de ese "grupo editorial suizo" (se refiere al grupo editorial L'Espresso de Carlo De Benedetti, Eugenio Scalfari y su diario La Repubblica y sus "socios" extranjeros, Le Monde y El País ) que le acusaron de golpista y de loco, "en el sentido técnico del término".

No obstante, le aconseja que traslade su domicilio, desde el Palazzo Grazioli, en la actualidad sospechoso lugar de "encuentros equívocos", al Palazzo Chigi, sede de la Presidencia del Consejo de Ministros, que es donde le corresponde estar. Que no pida excusas ni perdón a nadie, excepto a sus hijos, aquellos habidos de su matrimonio con Verónica. "No me consta -continúa escribiendo Cossiga- que otros dos grandes tombeurs de femmes, como Kennedy o Clinton, hayan pedido nunca perdón a su pueblo... haz las paces con Murdoch (el magnate australiano de la televisión), entre ricos se llega siempre a un acuerdo... y da a los magistrados un consistente aumento de sueldo".

Con todo se puede ganar, basta tener manos hábiles y osadas y tener contactos con el poder que gobierna. Lo importante es estar siempre con el vencedor, jamás de la parte del vencido. Con el dinero, que genera corrupción, se puede comprar todo. Con estos parámetros, geométricos en su precisión, se delinea la parábola de la política en la tristura de nuestras amorales democracias modernas. Silvio Berlusconi no es nada más que el arlequín de turno en la representación de esta Commedia dell'arte.

"Necesitamos una cabeza y un sable", clamaba Barras al mando del Directorio que sucedió al Terror de Robespierre en las postrimerías de la Revolución francesa. De ahí a poco apareció la figura triunfante de Napoleón Bonaparte ¿Cuántas "cabezas", de entre los jefes de Gobierno de nuestras democracias, no albergan los sueños de "un sable"?


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