Caer en la rutina del éxito puede acarrear lamentables consecuencias, como la de anoche en las semifinales de la Copa de las Confederaciones con la derrota de España ante Estados Unidos en un encuentro que tuvo dos caras, una para cada selección.
La selección española tardó casi todo el primer tiempo en recuperar el pulso del partido, que se le había puesto cuesta arriba con un primer gol del jugador del Villarreal Altidore en pleno desbarajuste defensivo español y después de haber sufrido un par de sobresaltos más. Y cuando se hizo con el control del juego apenas quedaba tiempo para reaccionar en busca de nivelar el marcador.
España no encontraba la brújula, con Cesc algo desasistido por Xavi Hernández y sin que la pelota tuviera el movimiento que tan buenos resultados le ha dado siempre. Así, muy desdibujada y a golpes de aceleraciones, la selección se marchó al vestuario con la triste sensación de haberse visto sorprendida por un rival con piel de cordero y velocidad y fuerza de un león que ha ido de menos a más en el torneo tras haber eliminado a Italia y Egipto en la primera fase.
En el segundo tiempo las tornas cambiaron por completo, con España volcada en tromba hacia la portería de Howard, aunque con la carga de tener que luchar contra el crono. Esto hizo que el fútbol español cobrara emoción en detrimento de la serenidad que debe imponerse en estas situaciones con el marcador desfavorable. En medio de tanta ceguera ofensiva llegó el segundo gol norteamericano en un fallo garrafal de Sergio Ramos.
Después de 35 partidos invicta y 15 victorias consecutivas, todo un récord envidiable que no se debe olvidar tan pronto como a partir de esta derrota. Un batazazo también histórico y de récord que tarde o temprano tenía que llegar y que debe servir para levantarse lo antes posible. Debe hacerlo pensando en volver a Sudáfrica dentro de un año para demostrar al mundo que, además de ser envidiada por su fútbol, también sabe levantarse del fracaso.