Ayer hizo siglo y medio, un 24 de junio de 1859, que se libró en Solferino, Italia, una de las más sangrientas batallas de las preguerras del siglo XX. Los soldados del imperio austríaco, con su emperador Francisco José al frente, fueron derrotados por una fuerza italo-francesa, o franco-sarda, batalla en la que se ventilaba el comienzo de la independencia de Italia y su correspondiente unidad político-territorial. Se calcula que tras doce horas de lucha, en medio de un diluvio de fuego pero también de agua, unos cincuenta mil muertos y heridos quedaron sobre el terreno. Esa tragedia tuvo un testigo excepcional: un tal Henri Dunant, empresario ginebrino con inclinaciones filantrópicas, que andaba en busca de licencias de explotación para sus negocios. Dunant pretendía la ayuda de Napoleón III, pero las dramáticas circunstancias dieron un giro radical a los rumbos de sus actividades. Era, gracias a su posición social, amigo del general Beaufort, y a través suyo buscaba la influencia del también general McMahon. Pero la tragedia presenciada disparó en su ánimo algo más que un cañonazo sentimental. El dolor de los heridos, las tragedias personales, le hicieron concebir otra empresa. En idea, acababa de nacer la Cruz Roja.
El proyecto de Dunant fue la historia de otra guerra en pro de la Humanidad y contra el sufrimiento de los abandonados a su agonía en los campos de batalla. Con el tiempo, esa empresa conoció diversidad de derroteros y escenarios, todos encaminados al mismo fin: aliviar el sufrimiento y el dolor en una amplitud de circunstancias. Su libro
Recuerdos de Solferino
fue el acta fundacional de una gran organización contra los horrores de la guerra sin excepción de razas, nacionalidades, dogmas y religiones. Detrás de todo ello latía, guste o no, un ideal masónico. Dunant llegó a pertenecer a la secta. En 1901 recibió el primer Premio Nobel de la Paz.
El hombre de negocios que buscaba las licencias de Napoleón III no fue recibido por el emperador francés. Pero había descubierto algo más importante en su vida. Poco a poco fue logrando apoyos materiales y morales que determinaron a finales de octubre de 1863 la primera convención preparatoria de la Carta de la Cruz Roja Internacional, asamblea a la que asistieron delegados de Francia, Inglaterra, Italia, Suecia, Países Bajos, Rusia, principados alemanes encabezados por Prusia y, por supuesto, también España.
La Cruz Roja conoció también los intereses del negocio y Dunant tuvo que dimitir del Comité Internacional. Se le acusó de "mala conducta". Tras la derrota de Napoleón III en la guerra contra Prusia y la creación de la Comuna de París, Dunant creó la Alianza del Orden y la Civilización, una de cuyas primeras finalidades fue proteger a los prisioneros de guerra, cuestión tan de actualidad en nuestros días.
En malas relaciones con el protestantismo, sobre todo en su vertiente calvinista, Henri Dunant legó todos sus bienes a instituciones benéficas de Suiza y Noruega. Su ejemplo filantrópico ha tenido derivaciones hasta nuestros días. En paralelo, y sin conexiones funcionales ni de otro tipo, las virtudes humanitarias eficazmente organizadas y propulsadas de modo personal embellecen no pocas páginas de la historia contemporánea. A la distancia de poco tiempo han causado baja por fallecimiento en el censo de los héroes activos personajes tan extraordinario como la madre Teresa de Calcuta y el ex jesuita Vicente Ferrer, cuyo reconocimiento internacional vacuna en parte contra el sórdido mundo del dinero y sus malvadas maquinaciones financieras la imagen inhumana que tanto ha contribuido a la inauguración de un siglo XXI impresentable.
La bondad y los sentimientos humanitarios, filantrópicos o religiosos según los casos, encuentran continuadores a lo largo de las décadas. Ahora, al cumplirse el siglo y medio de la creación embrionaria de la Cruz Roja, un personaje como Henri Dunant merece como mínimo un glorioso recuerdo, aunque él no lo buscara para nada, al igual que Vicente Ferrer y Teresa de Calcuta.