El espectáculo, ni antimonárquico ni tampoco republicano, que está dando el senador Iñaki Anasagasti a propósito de sus diatribas,
ad hominem,
en contra la familia real en general, y contra del Rey Juan Carlos I en particular, no deja de ser una anécdota impropia de un político de larga trayectoria que fue excelente orador en el Congreso de los Diputados y avezado negociador en los tiempos que Arzalluz mandaba en el PNV. Y cuando ninguno de los dos, Arzalluz o Anasagasti, que pactaron con González y Aznar, eran de la cuerda del demente de Ibarretxe, o se creían los bobos cuentos de la lechera confederal de Zapatero, que han llevado al PNV fuera del Gobierno vasco y a Ibarretxe y Arzalluz a la definitiva jubilación.
Ya hemos dicho en estas páginas que el alcalde de Puerto Real es imbécil y un vulgar insultador que busca notoriedad y que trabaja contra la causa de la República bien entendida política y democráticamente, que pasa por el respeto de la legalidad vigente y a las personas que la representan.
Esa cosa facilona de hacer chistes sobre la familia real está muy bien en las páginas de la prensa crítica y del humor como
El Jueves,
cuya caricatura principesca fue objeto de un arbitrario exceso de celo judicial. Además, no pasa nada porque Anasagasti o el alcalde de Puerto Real disparaten a placer contra la monarquía, y mejor sería no hacerles caso, porque por encima de todo está la libertad de expresión.
Pero el papel de activista de la televisión basura del
Tomate
o
Salsa Rosa
que está haciendo Anasagasti -programas a los que visita con asiduidad- es patético y lamentable desde un punto de vista político. E incluso desde lo que ha significado su trayectoria personal. Y se equivoca el senador si cree que con ello gana notoriedad o protagonismo político, más bien al contrario, devalúa el que podría ser un razonable y justo discurso republicano, a la vez ofrece que una pobre y grotesca imagen del PNV, partido que, dicho sea de paso -desde Garaicoechea a Ibarretxe-, siempre mantuvo una relación correcta, de respeto y cortesía, con el Rey.
El colmo de su vulgaridad consiste en agredir -llamándoles "vagos" y toda clase de lindezas- al resto de la familia real que Anasagasti sabe bien que no le va a responder y por ello se atreve a esa agresión facilona y un tanto cobarde, además en muchos casos muy injustificada. Entonces, ¿qué pasa?, ¿que no le llega el sueldo al senador y tiene que hacer estos bolos rosados para sacar unos euros armando ruido como los grotescos personajes de la prensa del corazón? Puede que ésa sea la explicación, porque si pretende un desgaste político de la Corona, con semejantes diatribas y partiendo del ala más radical del PNV, a la que daña y viste de rosa, Anasagasti se equivoca, porque todo lo que venga de ese sector provoca rechazo, sobre todo ahora que en el País Vasco se ven y se aprecian otras maneras de gobernar.