Que haya pasado lo peor de la crisis no garantiza que los próximos meses vayan a ser mejores: sólo supone que el deterioro no se agudizará. Más o menos por ahí discurre el diagnóstico trazado ayer por el gobernador del Banco de España, Miguel Fernández Ordóñez, en su discurso de presentación del informe anual de la entidad. Un texto tradicionalmente medido, probablemente más cuidadoso que otras veces, del que se pueden extraer distintos mensajes y más de una recomendación. Acaso la principal, que la recuperación difícilmente llegará si no median reformas estructurales de calado en la economía española. Y, en el ámbito más concreto de sus directas competencias, el diagnóstico ya anticipado de que el sistema financiero está llamado a reducir su dimensión actual. Dicho de otro modo: deberá acometer un proceso de concentración.
Seguramente, conviene interpretar las aproximadamente siete mil palabras de la intervención
(www.bde.es/prensa/intervenpub/gobernador/mfo160609.pdf)
tanto por lo que dicen como por lo que omiten o simplemente mencionan con relativa parquedad. En términos generales se pueden entender más próximas al comedido giro pesimista exhibido la pasada semana por la vicepresidenta económica, que alineadas con las áreas gubernamentales más dedicadas a secundar el hasta ahora irreductible optimismo de su presidente. ¿O es que ha decidido imprimir un giro
inverso,
buscando que la realidad mejore los cálculos y pronósticos, al contrario de lo que viene ocurriendo desde hace año y medio?
Algunas referencias forman parte de lo que pudiera considerarse libro de estilo del banco, como las apelaciones a la bondad de la estabilidad presupuestaria. Quizás la novedad resida en que haberlas formulado más en línea con lo expresado ya varias veces por el comisario Almunia, que acordes con los planteamientos hasta este momento exhibidos por el Gobierno: clara mención a la amenaza que puede suponer la acumulación excesiva de deuda pública para la perseguida recuperación. Desde la Comisión Europea se vienen reclamando planes claros, fechados y tasados para retornar al equilibrio presupuestario o cuando menos a los parámetros exigidos en el Plan de Estabilidad y Crecimiento. Una tarea que no parece haber iniciado -que se sepa- el Ejecutivo español.
Migrando de lo dicho a lo omitido, acaso se deba considerar significativo que no produjera una sola mención a la específica situación de las cajas de ahorros; ni siquiera a la apurada intervención de Caja Castilla La Mancha. A lo mejor no era el marco apropiado, pero conociendo las ideas que se atribuyen a Fernández Ordóñez al respecto, su silencio dará probablemente pie a más de una interpretación.
Lejos de eludir su potencial polémico, aunque en tono más medido que otras veces -¿requerimientos del marco?-, las alusiones al mercado de trabajo fueron variadas, amplias y trufadas de advertencias sobre los riesgos que entraña seguir eludiendo su reforma en profundidad. Es sin duda el punto de mayor y más evidenciada discrepancia con el Gobierno y su presidente, quien al parecer no ha ocultado en los últimos tiempos su disgusto por los juicios vertidos por el gobernador, al que considera inconvenientemente próximo a las tesis de la patronal.
Carga polémica al margen, es evidente que una tasa de desempleo rondando el 20 por ciento constituirá un lastre que, en el menos pesimista de los pronósticos, retrasará bastante tiempo la recuperación. Y, por más que el ritmo de destrucción de empleo se haya ralentizado los dos últimos meses, no sólo su nivel actual es ya preocupante, sino que existen razonables indicios de que siga aumentando ligeramente, al menos hasta mediados del próximo 2010. Señalar que es urgente introducir reformas para incentivar la contratación y permitir una correlación más estrecha entre las condiciones contractuales y la marcha real de las empresas molesta al Ejecutivo, pero no evita que las cosas sean como son.
De alguna manera, los tan manoseados y celebrados
brotes
serán en realidad mustios mientras tres, cuatro o hasta cinco millones de personas, aun queriendo, no puedan trabajar.