La sociedad civil se pregunta
por la manera en que puede ser manipulada. Es una sociedad con los sistemas de cohesión enhebrados tan leve como necesariamente. Las cuestiones que dirime son tan generales, atañen a tanto ser, que necesariamente deben ser abiertas y receptivas de más. A la sociedad civil le cuentan cuentos, y además, de cuando en cuando, le llegan voces que la critican o la ensalzan de manera tan irrelevante como dañina, y en cada caso, al margen de las circunstancias específicas, late la desconfianza en ella misma. La sociedad civil es trascendente en cuanto que su ámbito es el de los seres que lo son, no sólo por razones religiosas, sino por la realidad simbólica de la vida humana y su capacidad para sobrepasar el espacio de la vida humana, y por eso le preocupan las cosas más allá de la medida de los hombres. Menos mal.
A la sociedad civil, de vez en cuando le va mal. Las cosas se tuercen y la desesperanza cunde. Ha pasado por ello varias veces a lo largo de su historia y recuerda con delectación las veces que le pasó a las sociedades preciviles, cuando las guerras y las pandemias hacían su
agosto.
Y es que, cuando a la sociedad civil le va mal, todos los gatos son pardos porque oscurece de tal manera que no puede ni cazar para comérselos. Es en el espacio de la
civilidad
donde las magnitudes oficiales toman la encarnadura que dota de alma a los números y la tragedia cotidiana se asoma a las estadísticas como asoma siempre la precariedad: Tajantemente. Ya se sabe que cuando todo va mal, todo va mal, pero donde se ve es en la sociedad civil.
Las crisis, del tipo que sean, plantean un escenario donde se empiezan a cuestionar los cimientos civiles; por lógica, se duda de todo, lo primero del sistema y de los que lo aplican. Los valores políticos y democráticos son los primeros en saltar a esa palestra de los acusados. Los signos de que las cosas no funcionan se multiplican, generalizan e imponen. Las gentes tienden a escuchar y creer los mensajes apocalípticos de quienes pescan en río revuelto y de la desconfianza se pasa a la desesperanza. Por eso comienzan a admitir primero y aplaudir después comportamientos de carácter populista. Es sintomático en ese aspecto la consolidación del populismo
berlusconiano,
tan suyo en sus cosas, o sin ir mas lejos la subida de votos del PP en España, sobre todo en los lugares donde sus dirigentes se sienten acosados por la justicia con visos de veracidad en sus acusaciones. Parece que,
prietas las filas,
se preparan para propagar sus mensajes exagerados, infundados, decadentes y peligrosos.
Lo peligroso no es creer que las cosas no funcionan, lo peligroso es pensar que la democracia no funciona y que lo mejor es que venga ese mundo lleno de gestos de los políticos y políticos de los gestos que arramblen con el capital civil acumulado después de mucho curro. A la sociedad civil no le interesan los gestos, le interesan los gastos, los económicos y los sociales, porque dentro de los sistemas democráticos las cosas pueden ir mejor o peor, pero detrás del populismo, como detrás de cada fantasma, no hay nada.
Se nublan las tardes como las cosas mil. Abril