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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
09/06/2009
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Es una pena

Daniel Martín

Una licenciada en Bellas Artes lleva treinta años dando clases de Geografía e Historia en la EGB y la ESO. Hace un año, llega un inspector educativo y le dice que no tiene formación suficiente. La veterana profesora es obligada a apuntarse a un curso de habilitación de cien horas donde, como no podía ser de otra manera, no deja de dar lecciones a la profesora "habilitadora". Mientras, la mayoría de los alumnos universitarios no saben situar la batalla de Lepanto en tiempo, espacio e Historia. Cuando comentas sucesos tan tristes a un alto cargo de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, sólo consigues que te suelte un lacónico: "Sí, es una pena".

Este año se ha impartido por última vez el Curso de Adaptación Pedagógica (CAP), obligatorio para cualquier aspirante a profesor de secundaria. El CAP ha sido sustituido por un Máster en Educación. No, no enseñan la asignatura ni nada parecido. Son aplicaciones de psicología y psicopedagogía como ciencias exactas a algo tan casuístico como la docencia: no hay dos alumnos iguales y las teorías psicológicas suelen ignorar la esencia del ser humano. Cualquier persona que haya hecho el CAP afirmará que no le sirvió para absolutamente nada.

El CAP y su Máster sucesor son tan sólo un requisito más de los muchos que se exigen a los profesores de secundaria. Requisitos siempre accesorios, nunca sustanciales. En los colegios concertados, por ejemplo, si quieres acceder a los privilegios trienales tienes que hacer cursos especiales para profesores. Como si la enseñanza fuese una profesión sencilla y descansada que dejase mucho tiempo libre. Pero en España toda la culpa de la mala situación de la educación se echa encima de los profesores, que a la postre no tienen culpa de nada o de casi nada.

En la secundaria, lo único que necesita un profesor es vocación y motivación. Lo primero no se enseña pero sirve para paliar los pequeños defectos que cada uno pueda tener. Ningún profesor vocacional dejará de prepararse por libre para dar mejor las lecciones. La motivación sí que puede ?y debe? ser fomentada. Mejores salarios, más medios y un mejor nivel de disciplina en las aulas serían de gran ayuda para cualquier maestro.

Precisamente el mal educativo nace en la nula disciplina. Actualmente son los alumnos, apoyados por sus padres, los que dominan el cotarro. El profesor está literalmente sometido a la caprichosa abulia de un alumnado desmotivado y a los indolentes e irresponsables caprichos de los padres, siempre con el consentimiento de unos colegios que temen las airadas reacciones de los progenitores. La mejor política es hacer el menor ruido posible, a saber, "molestar" lo menos posible a los alumnos.

Así, cualquier persona que terminase la EGB hace unos 20 años y se acercase a un aula de instituto se quedaría anonadada al ver cómo han cambiado las dinámicas en las clases: el alumno no deja de moverse, de hablar, mientras el profesor, indefenso, tiene que usar toda su energía en mantener un poco de orden y de calma, lo que resta intensidad al fondo de lo que, mal que bien, intenta y puede enseñar.

Por supuesto, existen excepciones. Afortunadamente, siempre habrá alumnos de primera y, lamentablemente, siempre habrá malos profesores. Pero no podemos olvidar que, en general, los niveles de exigencia académica y disciplinaria son tan bajos que graduados escolares y bachilleres no están necesariamente alfabetizados. A eso se une el pésimo nivel universitario que prolonga en el tiempo, el espacio y la vida los bajos niveles culturales y morales de los estudiantes.

Aparte de unos planes de estudios mucho más exigentes, la pieza clave para recuperar una educación mínimamente digna y aceptable es el profesor. En lugar de tanto requisito estúpido e innecesario, los profesores necesitan apoyo y herramientas. Existe una carta de derechos del alumno, pero ninguna del profesor, y nada se puede hacer si el alumno manda más que su maestro. Son los profesores los que necesitan más libertad y poder para impartir sus lecciones. Si queremos poner cotos, hagámoslo con esos padres que quieren que sus hijos aprueben a toda costa, que incluso permiten o fomentan que se copie en los exámenes.

Sí, es una pena. Una pena generalizada y, creo, promovida desde todos los sectores de la sociedad menos desde el de los profesores que, en lugar de enfrentarse a una administración estólida amiga de la necedad, la amoralidad y el borreguismo, quieren enseñar con un mínimo de paz y poder.

Pero nada, ahora habrá que hacer un Máster que nos adoctrinará en las gilipolleces del falso y perverso ídolo de la Psicopedagogía. Mientras, nuestros jóvenes cada día saben menos y, por consiguiente, cada día respetan menos cosas. Es una pena. Enhorabuena a todos los que tienen un mínimo de responsabilidad en el asunto.

dmago2003@yahoo.es

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