Últimamente, la esperanza no va más allá: los optimistas no superan la tesis de que lo peor ha pasado; apenas nadie habla de recuperación ni, todavía menos, posible retorno a la situación inmediatamente anterior. Tampoco se anticipa recuento de daños, aun con la certeza de que han sido y van a seguir siendo importantes, casi podría decirse que por doquier. Claro que tampoco faltan perseverantes abonados al catastrofismo, sugiriendo que lo más terrible está por llegar, o algún que otro que agrega a la estimación de que se ha tocado fondo la estampa gráfica de que
se sigue escarbando.
El último aval o empujón a la tesis de que ha quedado atrás lo más grave lo acaba de dar el Banco de España, en su informe de previsiones económicas para el segundo semestre del año. En síntesis, su estimación es que la coyuntura seguirá empeorando, pero a un ritmo y con una gradación bastante menos acusados que los producidos en los últimos meses del 2008 y primeros del año en curso. Se basa en algunos síntomas de ralentización del deterioro, pero tampoco faltan incógnitas que sugieren que el vaticinio dista de tener suficiente certeza como para descartar que algunos parámetros puedan incluso empeorar. Quizá el dato más inquietante sea la declinante contratación de crédito, tanto de parte de empresas como de particulares, que independientemente de cuáles sean sus causas -falta de demanda o reticencia sectorial a prestarlo- supone una retracción continuada del consumo, de una parte, y un parón inversor, de otra, que -juntos- sólo pueden entrañar caída de actividad a medio plazo y por tanto expectativas pesimistas en materia de empleo y ocupación.
Lo que no hay modo de desbrozar, ahora mismo, es en qué medida éste y otros pronósticos pueden estar influyendo en el ánimo, habida cuenta de que el factor confianza tiene un alto peso determinante en que las cosas evolucionen en uno u otro sentido. El desacierto acumulado en los últimos dos años induce a dar validez al aserto según el cual los expertos en economía pasan media vida formulando pronósticos... y la otra media explicando por qué no se han cumplido. A lo que bien se podría agregar que la mayoría de los mensajes que se están lanzando adolecen de claridad.
Unos pecan de exageración derrotista, pintando una realidad general poco menos que catastrófica que no hay modo de confirmar en el devenir cotidiano. Otros trufan sus diagnósticos y recetas de grandes dosis de eufemismos, algún sobreentendido y tanta precaución que a menudo parecen querer decir lo contrario de lo que quieren o deberían expresar. Y los hay, en fin, que siguen más o menos abonados a la ilusión de que todo se acabará arreglando y sólo es cuestión de aguantar lo peor del
trago
y esperar que reaparezca la prosperidad. Lamentablemente, ésta parece ser la inclinación de momento preponderante en la cúpula gubernamental.
Admitiendo que haya pasado lo peor, lo que no se ha superado es la necesidad de plantear las cosas con claridad y actuar en consecuencia con la importancia y trascendencia de lo que viene sucediendo desde mitad del 2007. Tratando de resumirlo, se puede expresar en términos automovilísticos diciendo que buena parte del conjunto se ha pasado de frenada y excedido de dimensión. O que se ha revelado ilusoria la sensación de riqueza instalada y ha llegado el momento de asumir que la prosperidad no era tanta, mucho menos
inevitable
y que recuperar velocidad racional de crucero exige, entre otras cosas, trabajar más, ganar algo menos -en absoluto referido exclusivamente al ámbito salarial- y sobre todo trabajar mejor.
Sería bueno también superar la eterna propensión a reclamar -exigir- cambios ajenos sin la menor propensión a acometer los propios, desde la evidencia de que todos van encadenados, interactúan los unos sobre los otros y la realidad de que no hacerlo de ese modo conduce a discusiones bizantinas que erosionan la posición colectiva, básicamente respecto de los que sí han decidido y sido capaces de acometer una verdadera conversión.
Una muestra bastante clara es la pretensión gubernamental de
arreglar
el modelo productivo, en tanto no se diga lo contrario predominantemente privado, mientras no se actúa decididamente para propiciar un nuevo esquema de gestión de las administraciones, puro ámbito público, cuyas palpables zonas de ineficiencia lastran sensiblemente el potencial productivo, tanto empresarial como ciudadano, de la economía nacional.
Volviendo al principio, no deja de sorprender que tocar fondo se esté presentando como un logro, como si no fuera un importante desastre, causa de una larga serie de daños de los que habrá que recuperarse con algo más que consuelo de que el futuro no tenga pinta de ir todavía peor.