Aunque algunos de los sempiternos críticos, de esos que con frecuencia confunden la forma con el fondo en tertulias y comentarios, hayan menospreciado el discurso de Obama en El Cairo, poniendo el énfasis sobre un par de deslices históricos e ignorando el meollo esencial de la cuestión, su posterior visita a Buchenwald ha permitido poner de manifiesto un importante asunto que suele ser ignorado cuando se alude a la cuestión palestina.
Obama habló con claridad en El Cairo y expuso unas exigencias insoslayables sin las que no podrá haber paz a Palestina. Si por un lado afirmó que el vínculo que une a EEUU con Israel es indestructible, no cerró los ojos a los sufrimientos del pueblo palestino: "Soportan las humillaciones diarias que implica la ocupación. La situación del pueblo palestino es intolerable y EEUU no volverá la espalda a la legítima aspiración palestina a la dignidad y a poseer un Estado propio".
Más adelante puntualizó: "La única solución reside en dos Estados donde israelíes y palestinos puedan vivir en paz y seguridad". No soslayó uno de los principales obstáculos para cualquier intento de paz: "EEUU no acepta la legitimidad de los asentamientos israelíes, cuya continua expansión viola los acuerdos previos y socava los esfuerzos para alcanzar la paz: ha llegado el tiempo de detener tales asentamientos".
La creación de dos Estados y la ilegalidad del plan de expansión incesante de los asentamientos israelíes en suelo palestino cayeron como dos bombas sobre el actual Gobierno israelí, que no acepta ninguna de ambas premisas. Y también sobre una gran parte de la población de Israel que, intoxicada por el militarismo opresivo que ciega sus conciencias y por el odio a todo lo que huela a árabe, antepone a cualquier concepto de justicia y paz lo que para los israelíes de hoy es su "opio del pueblo": la búsqueda enloquecida de una seguridad que, en las circunstancias actuales, jamás podrán alcanzar.
Pero también Obama estuvo claro en Buchenwald al reconocer públicamente la barbarie del holocausto nazi y recriminar duramente a quienes afirman que nunca existió o que ha sido exagerada en beneficio de turbios intereses.
Los que, como ahora Obama, hemos tenido la triste oportunidad de visitar los restos de alguno de aquellos centros tan eficazmente organizados para el horror, donde las cámaras de gas y las puertas entreabiertas de los hornos crematorios siguen hablando con un lenguaje crudo y desnudo a los consternados visitantes, a los que le cuesta creer cómo en un pueblo culto y privilegiado pudo haber arraigado la semilla del odio irracional, nunca más podremos ignorar, en nuestras concepciones históricas, la realidad de aquella abominable brutalidad.
Pero a Obama le faltó decir, con la claridad que en él cabe esperar, algo que relacionara entre sí los campos nazis de la barbarie y el problema palestino. Le faltó insistir en que el hecho incontrovertible del Holocausto no puede seguir siendo la patente de corso con la que Israel navega por las aguas internacionales como un pirata desmandado que desprecia las leyes, arremete contra todo lo que considere un peligro y, basándose en ese lazo especial que le une con la primera superpotencia mundial, consigue quedar exento de los castigos y condenas a los que se haría acreedor cualquier otro Estado que actuase de modo parecido.
Como un Estado asesino y vengativo que, al anteponer su propio y obsesivo concepto de seguridad a cualquier otra consideración de respeto a la legalidad internacional que hace posible la convivencia entre los distintos países, se convierte en el ejemplo evidente de un Estado bandolero, Israel viene chantajeando a la comunidad internacional basándose en el horror que provoca el Holocausto a cualquier conciencia no perturbada. Parece como si un falso sentido de culpabilidad general impidiera a los más destacados dirigentes mundiales atreverse a declarar con firmeza que esa excepcional situación de impunidad debe concluir, y a apoyar esta decisión con todo el peso del derecho internacional aplicado sin excusas ni contemplaciones.
Con la misma claridad con la que ha hablado en Egipto y en Alemania, Obama debió decir a los gobernantes israelíes: "El Holocausto es ya Historia pasada, lo mismo que la destrucción del templo de Jerusalén siglos antes, y no puede seguir justificando a un Gobierno que sistemáticamente actúa al margen de la legalidad internacional. Pongamos fin a esto de una vez por todas".
Claro está que el recuerdo de Kennedy -y también el de Isaac Rabin- nos hace a algunos pensar que preferimos un Obama vivo, aunque algo refrenado y contenido en sus decisiones innovadoras, a un Obama asesinado por cualquiera de los fanáticos a los que intentó llevar al redil de la paz.