En una coyuntura en que los partidos socialistas han sido prácticamente barridos por sus adversarios de derecha o centro-derecha en las elecciones europeas, he aquí que en España, con cuatro millones de parados, una calamitosa política económica, una diplomacia por los suelos y un "plus" de desaciertos cuya enumeración completa requeriría las proporciones de un libro, o casi, el PSOE de Zapatero sufre un revés tan relativo en las urnas (no llega a cuatro puntos) que puede con toda lógica suscitar la valoración de que "ha salvado los muebles". Esto significa, en línea metafórica, que el victorioso PP ha comprobado cómo sus adversarios se han llevado intactos sus enseres al guardamuebles, donde, a un coste perfectamente asumible, pueden esperar con cierta comodidad la oportunidad de reintegrarlos a su lugar de origen.
Cuatro días antes del suceso electoral, la memoria personal ha funcionado en el sentido de traer a colación el calificativo de "amarga" que Felipe González aplicó a la victoria de José María Aznar en las generales de 1996. Era una manera de "consolar" cínicamente al triunfante Aznar por la escasez de la renta ganada en las urnas de entonces. Cuatro años después, como se recordará, el PP logró la mayoría absoluta. Ya podría darse Rajoy con un canto en los dientes, según el dicho vulgar, si la victoria de este 8 de junio, relativizada en su importancia, anticipara con fundamento para las generales del 2012, y antes para las municipales y autonómicas del 2011, una confirmación incrementada del favor de las urnas.
Rajoy, Mayor Oreja y su cohorte de correligionarios entusiastas han podido regresar a sus cuarteles con el botín de las banderas capturadas al enemigo. Génova 13 ha vuelto a vibrar como en sus mejores días. Pero la sensación de que europeas y generales no son la misma cosa impone un compás de cautela y en consecuencia aconseja, valga de nuevo el recurso a la sabiduría popular, no vender la piel del oso antes de cazarlo o, por lo menos, consultar con el veterinario para medir la auténtica gravedad de las heridas del plantígrado.
Esto por lo que respecta al PP marianista. En cuanto al PSOE zapaterista, más le valga tal vez a su líder hacer justiprecio del aviso recibido en este 8 de junio. En tiempo de vacas flacas, en un trance político digno de alarma, Felipe González hizo saber a aquellos de cuyos afectos políticos dependía y empezaba a sentirse alejado: "He entendido el mensaje".
Después de la encuesta del CIS sobre el futuro electoral del PSOE, conocida hace exactamente un mes, los zapateristas pudieron saborear quizá en exceso una intención de voto que aventajaba al del PP. El cálculo correspondía al mes de abril y aún no se conocía el dato de que el paro iba a superar los cuatro millones. En realidad lo halagador para Ferraz, y para la Moncloa, no era tanto una diferencia mínima, cercana al empate técnico, sino la aparente comprobación de que el PP no se movía de sus posiciones de formación política encallada. Luego vinieron los nubarrones estadísticos y la necesidad zapateril de batirse a muerte por la causa social más o menos keynesiana frente al frío y cruel neoliberalismo marianista. Crecieron las descalificaciones y el 'caso Gürtel' incrementó sus estragos.
La campaña electoral fue inmisericorde por ambos bandos. No se recuerdan precedentes de tan malas artes en la dialéctica practicada. Eso dicen los que tienen todavía memoria. O los que olvidan ciertas historias del pasado no remoto. La verdad es que durante esa campaña todos dieron la sensación de una ferviente, pero en el fondo vacilante, fe en la victoria. La oratoria de López Aguilar adquirió perfiles cercanos al agravio personalista. Y el duelo dejó en realidad de ser cosa de dos (López Aguilar y Mayor Oreja) para hacerse de cuatro. Los dos verdaderos combatientes se llamaron Zapatero y Rajoy. Este último, conocidos los resultados electorales, ha sido la viva expresión de una euforia que por su magnitud dio la sensación de responder a un resultado superior a la confianza depositada en él previamente. A la inversa, la desolación que acompañó el casi tartamudeo de Teresa Fernández de la Vega y la ruidosa elocuencia del silencio practicado por Zapatero, unidas a los dislates valorativos de Leire Pajín, ofrecían la impresión de que, puestos a comparar, los socialistas no habían especulado nunca con la posibilidad de este desenlace.
Así pues, los zapateristas resultaron cogidos por sorpresa en la cosecha de los datos definitivos. Ésa fue la foto. Doña Leire parecía dirigirse a un público de subnormales, tal era el forzado optimismo que empleó.
En el otro balcón y en el otro escenario, el de los populares, también funcionó la sorpresa cambiada de signo. Nunca o casi nunca la alegría física fue tan espectacularmente expresada en rostros políticos.
Sólo hubo un rostro que se mostró en todo momento algo circunspecto: el de Esperanza Aguirre. Si el alcalde Ruiz-Gallardón no hubiese estado ausente por motivos de viaje, tal vez su gesto habría rivalizado en seriedad con el de su compañera de partido.