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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
25/05/2009
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El mal gusto entra en campaña

Enrique Badía

Da un poco lo mismo determinar quién empezó a exagerar negativamente los perfiles del adversario, cayendo en lamentable falacia, como parte de la estrategia cara a una convocatoria electoral. No importa demasiado porque la réplica asimilable no suele hacerse esperar. Esta vez, camino de los comicios del próximo 7 de junio, han sido los socialistas quienes han difundido un corta-pega lamentable con pretensiones de reflejar una extrema derecha temible, arcaica y cavernaria encarnada por el Partido Popular. Claro que, aun sin llegar a semejantes extremos, la campaña de los conservadores reclamando el voto también se las trae y no hay que descartar que promuevan en próximas fechas un contravídeo que emule o incluso eleve el nivel de descalificación de que acaban de ser objeto.

Desgraciadamente, la cosa no está circunscrita a esas muestras de zafiedad. Aunque sea con algo más de mesura, los mismos mensajes de fondo aparecen en mítines y comparecencias, mayoritariamente estructurados para captar el aplauso fácil de los incondicionales, a golpe de ocurrencia y frases pegadizas que se pretenden fruto del ingenio, aunque logran incurrir más a menudo en vulgaridad.

No es óbice, sin embargo, para que también se insista en ofertas de conciliación y consenso para superar la crisis, o se repita una y otra vez que la agenda europea debe ser protagonista esencial de la campaña y motor de la inclinación del voto de los ciudadanos.

La mayoría de candidatos refiere, más en privado que en público, enorme preocupación por los niveles de participación. No es que en anteriores convocatorias haya sido brillante, la última quedó varios puntos por debajo del 50 por ciento, pero esta vez se dan algunas circunstancias que pueden empeorarlo aún más.

Qué vayan a significar la crisis y la descoordinada respuesta comunitaria, el incierto momento que atraviesa la construcción europea, con el todavía dudoso destino del Tratado de Lisboa, y la propia dinámica política española de estos meses, es difícil de determinar. Lo que no parece es que el sesgo elegido para la campaña pueda contribuir a contrarrestar ninguno de esos factores.

Quizá no debería sorprender. Hace tiempo que los responsables políticos, a uno y otro lado, han elegido renunciar a la pedagogía, el discurso constructivo y el tono conciliador. Lo irritante es que los mismos se quejen de que no exista sensibilidad hacia las cuestiones europeas o denuncien en el adversario propensión a crispar y tensar la cuerda política, como si no estuvieran contribuyendo todos a que ésa sea la realidad.

La duda esencial, por inquietante, es calcular hasta qué punto los líderes son conscientes de que, por fortuna, los predicados extremos no son predominantes en la sociedad. Inquieta porque sus evoluciones no parece que tengan en cuenta el riesgo de que posturas que ahora mismo no son ciertas, acaben siendo verdad.

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