Cualquiera tiene claro que el inicio oficial de las campañas electorales es una fecha que ni siquiera alcanza categoría testimonial. Dejando de lado que todos los partidos se consideran y actúan en permanente estrategia de captar votos, lo cierto es que los actos organizados para cada convocatoria a las urnas empiezan varias semanas antes del comienzo digamos
legal.
Los comicios para configurar la representación española en el Parlamento Europeo del próximo 7 de junio no son excepción. Las diferentes formaciones y sus respectivos candidatos llevan ya bastantes días reclamando el voto, aunque sin exponer apenas cuáles son sus programas, ideas y propuestas a desarrollar en la Cámara comunitaria, itinerante entre Bruselas y Estrasburgo. De hecho, la Unión Europea (UE), su presente y el previsible o deseable futuro a ojos de cada uno, ni siquiera suelen figurar en sus comparecencias e intervenciones, a menos que sean interrogados directamente sobre ello; a veces, ni así.
Asuntos importantes no faltan, pero no es fácil saber qué posición ostentan los candidatos y, en consecuencia, qué cabe esperar defiendan si acaban obteniendo escaño. Los pronunciamientos, por lo común un tanto forzados, no van más allá del compromiso genérico de defender sus postulados ideológicos y, cuando sea preciso, los intereses del país. No aflora, por tanto, un contraste de ideas sobre qué debería ser Europa, su ordenamiento institucional, la distribución de competencias y funciones entre los gobiernos nacionales y comunitario, los límites geográficos, el papel respectivamente asignado a Estado y mercado... y tantas cosas más. Por no haber, tampoco abundan valoraciones, sean críticas o positivas, sobre la forma en que la Unión está afrontando la crisis económica actual.
En realidad, la política doméstica, las cuestiones de actualidad en la agenda política española, configuran el argumentarlo, siguiendo además el patrón negacionista que viene caracterizando la contienda dialéctica a ojos de la sociedad.
El argumentarlo favorito de los líderes políticos discurre trufado de esfuerzos para convencer a los ciudadanos de que el
otro
es o ha sido peor. Una dinámica que puede estar contribuyendo, en grado incierto, pero efectivo, a la inquietante propensión social que traslucen las encuestas: un sufragio cada vez más inclinado a optar por lo
menos peor.
Un error común es caer en el reduccionismo de considerar que sólo cabe la disyuntiva de
conmigo o contra mí.
Lo es por muchas razones, pero sobre todo porque pasar por alto que alguien pueda estar
a favor de nadie
es una manera de incentivar que acabe estando
contra los dos.
Un sentimiento que antes o después puede acabar plasmado en desafección política -elecciones incluidas- y, de no corregirse, terminar por generar un caldo propicio para la emergencia de figuras exóticas con aura de
salvador.