España quedó penúltima en el festival de Eurovisión, y gracias a Andorra. Mereció quedar la última con su espantosa canción y haciendo juego con el gafe nacional que nos invade de un tiempo a esta parte, desde que Zapatero perdió la
baraka,
y se nos cayeron encima los palos del débil sombrajo que cobijaba la España eufórica de pelotazos, dinero fácil, compras a crédito y despilfarro general. Ahora las vacas flacas han entrado en tropel y están las cosas tan mal que algunos festejan hasta las derrotas.
Por ejemplo, los leones del Athlétic de Bilbao reciben una sonora paliza en la final de la Copa del Rey a manos del Barça, y al día siguiente organizan una fiesta en Bilbao como si hubieran ganado el campeonato mundial de fútbol. ¿Qué pasa? Pues que la gente en tiempos de grandes dificultades se agarra a lo que sea, necesita a sus héroes, campeones, fútbol, toros, pan y circo y se arriman desesperados a un clavo ardiendo, aunque pierdan la final.
Ni siquiera la pérdida del poder por los nacionalistas en Euskadi, ni la crisis económica, ni el fin de Ibarretxe, ha conmocionado a los vascos. Lo que ha puesto como una moto a los vizcaínos ha sido la presencia del Athlétic en la final de la Copa del Rey de España, al que pitaron y abuchearon durante la interpretación del himno nacional, pero querían recibir la Copa de la mano del monarca español y al final fueron a Bilbao a festejar la derrota, esta vez hartos de copas de chacolí.
En Madrid, cuando todavía resuenan los festejos del Dos de Mayo contra la invasión de Napoléon, se acaba de homenajear al pequeño Sarkozy y a un torero galo, Castellá, lo han sacado a hombros de la plaza de la capital, a la vez que se despejaba una incógnita que venía de Sevilla, y que duró apenas un santiamén, porque en esa misma corrida se vio que Morante no es Curro Romero, ni le llega a la suela de las manoletinas a José Tomás, el ausente de San Isidro, con lo que la primera feria del mundo ya no es la primera, ni la sombra de lo que fue.
Y es que cuando las cosas se ponen mal o se impone la mala racha en el corazón del ruedo ibérico, en el epicentro del poder de España, que está en Madrid, todo se tuerce y no sólo se derrumba el Real Madrid a los pies del Barça de Guardiola, sino que Nadal cae derrotado ante Federer, a quien el manacorí ha sacado de su silencioso y largo letargo en el estreno de la Caja Mágica, a la que pusieron una tierra rápida sobre la que Nadal presagió su derrota nada más pisar la dureza del albero que creyó hecho en favor de sus más fieros adversarios, y así ocurrió.
El ruedo de las Ventas sin José Tomás y la caja del tenis convertida en un simbólico ataúd para Nadal, aclamado en la derrota por sus fans. Ya lo dijo Curro Romero una vez que le preguntaron por el público que él prefería, a ver si el torero decía "el de Sevilla". Nada de eso, el faraón dijo: "A mí el público que me gusta es el del tenis, porque guarda silencio, y además en el tenis si llueve se suspende el partido, y en los toros no".
En el toreo de Madrid sólo es profeta José Tomás, el
gladiator
del pasado año, sangre, sudor y arena en su rostro como un cadáver huido de su tumba y camino de la gloria. Y en el tenis lo ha vuelto a ser Federer, quien no es precisamente un gladiador de la pista, sino un fino estilista como en su día lo declaró el astuto Tiriac cuando le preguntaron por los dos: "Nadal es un luchador, Federer es otra cosa, no juega al tenis, toca el piano". Y ayer dio todo un recital, e interpretó el réquiem por un campeón.
Mientras en las islas de Nadal al Barça lo recibían como el campeón de la Liga casi al mismo tiempo que el Real Madrid salía derrotado de Villareal, arrastrando las botas y cabizbajos por causa del pésimo final de temporada que se acaba, y que nadie querrá recordar, porque los blancos ya tienen sus miradas y sus esperanzas puestas en el "Obama blanco", en Florentino y en su segundo equipo galáctico, Galaxia II, la luz blanca que muchos esperan encontrar al final del largo túnel, aunque sólo sea para hacer olvidar a todo lo demás. ¿Y en la política? Ése es otro cantar, ni pianista ni luchador. En la política, a esperar. Paciencia y barajar.