En un escenario de expectación y esperanza por la elección de Patxi López como lehendakari del Gobierno vasco no iban a faltar, naturalmente, los agoreros. El primer argumento es el supuesto carácter "antinatural" de un acuerdo entre socialistas y populares, como si hubiera pactos "naturales" en política, como si las ideologías y los programas fueran plantas o pingüinos. La política es un artificio en el que los acuerdos deben ser trabajados, establecidos los objetivos, renunciados ciertos presupuestos, analizados los modos de seguimiento y cumplimiento. El PSOE ya gobernó con el PNV en Vitoria y no parece que, ni desde la perspectiva nacionalista ni desde la de la dialéctica entre izquierda y derecha, se pueda decir que aquello era "natural" y no esto. El PP, en la primera legislatura de Aznar, pactó también con el PNV, incluso excluyendo las cuestiones relativas a la "pacificación" y aquel entendimiento, elogiado hasta llegar a lo meloso por Xabier Arzalluz, tampoco se puede calificar de "natural" por contraposición al que han firmado ahora Patxi López y Antonio Basagoiti. ¿Alguien puede decir que es "natural" el apoyo de Aralar a Ibarretxe para encarar una situación económica en la que han discrepado hasta la saciedad? ¿O es, sencillamente, porque son nacionalistas? Es decir, ¿para este tipo de agoreros lo "natural" es lo nacionalista y "antinatural" lo que no lo sea?
El acuerdo parlamentario en el País Vasco entre PSOE y PP establece suficientes elementos comunes para asentarse y dar frutos. Las diferencias evidentes entre ambos partidos, que no deben ser ocultadas y que existirían en cualquier otra fórmula de apoyo a un lehendakari, no tienen por qué imposibilitar los objetivos que se han propuesto conjuntamente y que se explicitan en el documento citado: la lucha contra el terrorismo, el empeño por llegar a una normalidad en la que se respete la libertad y los derechos de todos, el abandono de las exclusiones impuestas por el nacionalismo, las modificaciones -para tender al respeto a los intereses y derechos de todos- de las políticas educativas y lingüísticas, la lealtad constitucional, etc. Hasta hoy -y no hay razón para pensar que las cosas cambien-, dos políticos jóvenes como López y Basagoiti han demostrado inteligencia y finura en la defensa de un proyecto común que coincide con los intereses de ambos. López ha obtenido magníficos resultados y Basagoiti ha resistido con eficacia dificultades que a otros, incluso con más experiencia, les habrían sumido en el fracaso. No veo motivos, ni en la personalidad de ambos líderes, ni en los intereses de los partidos, ni en la recepción que el pacto ha tenido en sus afiliados y votantes, ni en el texto mismo del acuerdo, para no esperar estabilidad y éxito.
Otros agoreros convierten en un muro infranqueable lo que es, ciertamente, una dificultad. Un acuerdo de esta naturaleza, cuya importancia a nadie se le escapa, necesita un "ambiente" que va más allá de la imprescindible conversación permanente entre López y Basagoiti, un "ambiente" que atañe a la política general de España y que corresponde, en buena parte, al entendimiento que logren, en este asunto, entre el presidente Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Hace falta un esfuerzo para que el debate político nacional, que es y será tenso, salvaguarde el cambio que ya se ha producido en el País Vasco. Una tarea, desde luego, más importante que la conseguida unidad para defender la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos del 2016.