A menudo, aunque no siempre, el calendario juega malas pasadas. Por ejemplo, ahora: la contumaz virulencia de la crisis está generando un panorama político que tiende a ser difícilmente sostenible, empujando el sentir social hacia un creciente deseo de cambio, pero el marco institucional discurre por caminos de continuidad.
El presidente Rodríguez Zapatero y el partido que lo sustenta tienen por delante un horizonte de nada menos que casi tres años de teórica permanencia asegurada en el poder. Su estabilidad parlamentaria es precaria, pero mantiene la conciencia de que una unión del resto de fuerzas políticas en su contra, imprescindible para el hipotético triunfo de una moción de censura, es poco menos que imposible. Sabe que puede perder votaciones, que el Congreso le va a aportar algún disgusto, pero siente la fortaleza de que el principal grupo de oposición, la posible alternativa, no lo tiene demasiado mejor. Y, a partir de eso, parece estar sucumbiendo a la tentación de esperar que la recuperación llegue por sí misma, a tiempo de exhibirla como logro en la próxima campaña electoral.
Desde el Partido Popular, por su parte, sienten que su fortaleza crece, pero de momento lejos de cosechar mayoría absoluta en unas eventuales elecciones anticipadas que, por otra parte, no tienen modo de forzar. Y, aunque parezca a muchos poco presentable y dudosamente ético, para otros es entendible que anide en sus filas cierto convencimiento de que, cuanto peor evolucionen las cosas, sus expectativas electorales irán mejor. Lo que no obsta para que, siquiera los más lúcidos, mantengan la conciencia de dos factores poco propicios: de una parte, la constatación en las encuestas de que su líder, Mariano Rajoy, no acaba de prender o suscitar entusiasmo; de otra, que su soledad política y en el fondo parlamentaria no va a menos, más allá de alguna complicidad puntual.
El resto de grupos, las llamadas minorías, entretanto, ven sucesivas opciones de poner en valor su exiguo respaldo electoral, extrayendo de unos y otros, pero en particular del Gobierno, réditos apetitosos que exhibir ante sus respectivas parroquias.
En definitiva, todo discurre -condicionado por el calendario- en contra de lo que mayoritariamente se estima más conveniente para afrontar el momento: juntar esfuerzos, conciliar posturas y, en resumidas cuentas, ponerse a trabajar al unísono para enmendar la declinante coyuntura que, en todos los aspectos, está acelerando sus nefastos efectos sobre el conjunto de la sociedad.