Las imágenes del relevo parlamentario en la lehendakaritza han sido obligadamente históricas. No sólo por significar la interrupción de treinta años continuados de poder nacionalista en Euskadi, sino también, y de manera especial, por el rencor que tales imágenes rezuman. En los discursos que pronunciaron, los peneuvistas, tanto Ibarretxe como el hasta ahora portavoz Joseba Egibar, acreditaron absoluta falta de "deportividad" política. El PNV se despide del poder por un tiempo indefinido y avisa de que se atrinchera en las diputaciones para convertir en un calvario, si le es posible, el mandato de Patxi López. El líder saliente trata de deslegitimar la victoria de las dos fuerzas no nacionalistas coaligadas -PSE y PP- que le han desalojado de Ajuria Enea. Se ha demostrado que los nacionalistas no se resignan a convivir en alternancia política. Nunca la sombra de lo español ha recibido mayor testimonio de odio democrático, si es que la democracia es en puridad compatible con el odio.
Ibarretxe se ha ido del poder. Y ha abandonado Ajuria Enea con mentalidad de haber sido arbitrariamente desahuciado. La Ley de Partidos habría representado, según él, una previa jugada sucia para restarle los apoyos aritméticos que necesitaba con vistas a mantenerse. Además, el hasta ahora lehendakari da un portazo y se marcha literalmente a su casa, se va de la política, no se sabe exactamente bien si empujado por la votación de quienes han ocupado el poder autonómico o propulsado en grado suficiente desde los oscuros recintos de su propio partido. Probablemente por ambos factores.
Para la posteridad, de todos modos, ahí queda la mirada de odio visceral de Ibarretxe al cruzar su saludo de despedida protocolaria con Patxi López y el marco de semblantes de los vencedores administrando contenidamente su satisfacción. Hay una instantánea del presidente del PSE vasco, Jesús Eguiguren, que ni siquiera aplaude, como diciendo: "Comprendan ustedes, así es la vida. ¿Qué le vamos a hacer?".
La faltó decir "hasta luego". Pero eso se deduce del contexto. Un Patxi López en prolongado maridaje político con Basagoiti es difícil de pronosticar. Pero todavía es más difícil que Basagoiti crea que eso es garantizable.
El anuncio de intenciones sobre la acción antiterrorista por parte de los nuevos gobernantes revela la preexistencia de dos vacíos: la ineficacia de la Ertzaintza bajo Balza y el abandono de los "espacios públicos" a la propaganda etarra. ¿Punto final?
Queda flotando, de todos modos, una fundamental incógnita: cuál será la respuesta de ETA ante la nueva situación y cómo funcionará el tándem 'Ternera'-Otegi y su "quinta columna" en la población carcelaria. Es temerario dar a la banda por fenecida.
Un Euskadi duraderamente pacificado, con un clima ciudadano instalado en la normalidad y con un panel de reivindicaciones independentistas en verdadera crisis, ofrece perfiles de ensoñación. Para que ese sentimiento se consolidara y una nueva mentalidad pluralista aprendiera a convivir, haría falta en primer término que los virus adquiridos por una españolidad diluida y a partir de ahora administrada directamente por el "patxismo" recibieran una eficaz dosis de retrovirales. Difícil.
En realidad se abre una época en la que se pondrá a prueba el fundamento de una fe política. Los nacionalistas han agitado desde el primer momento de la nueva situación un concepto venenoso: el frentismo. Sus enemigos, que no rivales, quienes en suma les han "robado" el poder, han constituido, desde su heterogeneidad, un frente coyuntural con fecha de caducidad predeterminada.
Cabe preguntarse, por otro lado, cuánto tardará el PNV en dividirse si concurren determinadas circunstancias. Para Sabin Etxea, bajo Urkullu, Patxi López es una tentación en oferta tácita. Y Basagoiti, líder de un PP vasco del que ha sido desterrada la sombra de María San Gil, medio en competencia penitencial con la errática Rosa Díez, es una provisionalidad ambulante.