Los grupos parlamentarios mayores, socialistas y populares, andan cortejando a los grupos menores para sumar votos con los que castigar al adversario en las sucesivas resoluciones parlamentarias, y especialmente en las que rematen el debate sobre el estado de la nación. Los socialistas quieren proteger su posición de mayoría débil, insuficiente, y los populares mejorar su margen de maniobra y su efectividad parlamentaria.
El eje central de ambas estrategias se concreta en la cuestión económica, en las medidas para hacer frente a la crisis. Hasta ahora el PP ha votado a favor, a regañadientes y con reservas explícitas, buena parte de las propuestas del Gobierno, incluidos los planes de apoyo financiero. Más aun, el Gobierno no ha dudado, como mal menor, en secundar iniciativas populares o de otros grupos para evitar una derrota parlamentaria con efectos de imagen.
En la estrategia de Rajoy no hay un escenario de pacto en política económica, incluso lo ha concretado en términos de que sólo tras una rectificación explícita y amplia de Zapatero y una vez asumido el programa popular la oposición apoyaría al Gobierno.
No es ésa la demanda social, en buena parte de los foros económicos o empresariales sin explícito compromiso parlamentario se reclama un pacto, al modo de los de Moncloa en el otoño de 1977, para enfrentar de forma conjunta la crisis económica. Pero no es ése un escenario previsible, ninguno de los dos grupos mayores de la Cámara están por ello, ni tampoco lo contemplan los dos líderes. Zapatero no quiere nada con el PP más allá del acuerdo en el País Vasco que responde a otra lógica. Y a Rajoy le ocurre otro tanto.
Con esa estrategia, los cuatro grupos menores del Parlamento, que suman 28 votos y representan 9 partidos, viven una etapa dulce y disfrutan del cortejo interesado y creciente de los dos grandes grupos. El mercadeo de votos será tan inevitable como evidente y pondrá a prueba la flexibilidad e inteligencia de cuantos van a andar en el juego.
El Gobierno, especialmente el presidente, está sometido a una prueba difícil con el debate de la próxima semana, va a dar la medida de su propia debilidad y las posibilidades que tiene la legislatura cuando no anda aún por el mes 16, cuando no ha llegado ni siquiera al ecuador. Rajoy se siente seguro, considera que el Gobierno está muy debilitado y no le va a dar ninguna oportunidad. Y Zapatero intenta justo lo contrario, salir del rincón y volver a una posición más ventajosa.