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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
07/05/2009
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EL MANANTIAL DE LAS ESTRELLAS

Zapatero, matador de nacionalistas

Pablo Sebastián

El líder de CiU, Artur Mas, y el del PNV, Iñigo Urkullu, deben reflexionar sobre las consecuencias que para sus respectivas formaciones políticas y el nacionalismo en general ha tenido y tiene el discurso y la política de "la España plural", federada o confederada, del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Quien bajo su mandato y a su pesar ha provocado la caída en desgracia o la muerte política de dirigentes nacionalistas como Juan José Ibarretxe, Pasqual Maragall (que se quitó la careta catalanista), Antxo Quintana, y Josep Lluís Carod-Rovira, amén de la salida del PNV y BNG de los dos gobiernos de Euskadi y Galicia, y de la pérdida de votos del nacionalismo, en las elecciones autonómicas y generales. En especial de minorías más radicales como BNG, ERC y EA. Y no digamos sobre lo ocurrido en el entorno de ETA con Batasuna y Arnaldo Otegi.

Zapatero, y no el PP, ha sido el "matador" del nacionalismo, por acción u omisión de la realidad al ofrecer al nacionalismo moderado y radical unas expectativas federalistas o confederadas imposibles de alcanzar en el actual y vigente marco constitucional, ajenas a la realidad española y autonómica, y en algunos casos preñadas de mentiras y promesas incumplibles como las que el presidente del Gobierno le ofreció a Mas en el palacio de la Moncloa -que en Cataluña gobernaría el partido más votado, es decir, CiU- a cambio del "cepillado" del primer proyecto del nuevo Estatuto catalán que aprobó, con toda solemnidad, el Parlamento de Cataluña confiando en la promesa, también falsa, de Zapatero de "apoyar en Madrid", el Estatuto que decidiera la Cámara catalana.

La fe ciega de los nacionalistas en Zapatero y su grave error de análisis de la realidad política y social española les condujo a pensar que ya estaban maduras y al alcance de sus manos las tentadoras frutas de la federación, o confederación, el "Estado asociado", la relación "bilateral" con el Estado, la denominación "nacional" de Autonomías en los Estatutos, el "derecho a decidir" o de autodeterminación, etcétera. Convencidos de que la reforma constitucional encubierta por la vía de reformas estatutarias les llevaría a un estadio superior de autogobierno, camino de la independencia.

Fue tal el espejismo disparatado que ofrecía Zapatero al nacionalismo con su afirmación de que "la nación española era discutida y discutible", que hasta ETA y Batasuna se creyeron en condiciones favorables para abordar una negociación final del terrorismo, animada por gestos tan sorprendentes como la aceptación por el Gobierno de España de una negociación política con ETA en la que se incluían, a cambio de no matar, posibles concesiones como las que se debatieron en Loyola -entre el PSE, PNV y Batasuna- en relación a la reforma nacional del Estatuto de Guernica, el proceso de unión entre Navarra y el País Vasco, el derecho a decidir o de autodeterminación, y por supuesto la liberación de los presos de ETA con delitos de sangre, un asunto que se debatía en la llamada "mesa técnica" entre los representantes de ETA y del Gobierno de España, incluso después del atentado mortífero de la Terminal-4 de Barajas.

En suma, un fantasmal, temerario e ilegal cuento de la lechera con el que los dirigentes del nacionalismo perdieron la noción de la realidad y jalearon a sus bases social y política, que ya estaban caldeadas por culpa de la que fue demencial y autoritaria segunda legislatura de José María Aznar, con su patriotismo rampante y la soberbia ceguera que le hizo creer que la mayoría absoluta que el PP alcanzó en el año 2000 -la primera y puede que última en la historia de la derecha española- era para toda la vida. Y que el PP no iba a necesitar nunca más de los apoyos del PNV y CiU para gobernar, ni de la moderación y unos modales centrados como los que durante su primer mandato utilizó Aznar -cuando hablaba catalán en la intimidad con Puyol- o se entendía perfectamente con Arzalluz, a través de Álvarez-Cascos.

Fue tal la locura de Aznar -con bodas imperiales, guerreando junto a Bush y mintiendo a la desesperada sobre la autoría islámica del 11-M-, que no se percató de algo tan sencillo como que la fórmula mágica para lograr esa mayoría absoluta no era otra que la moderación y el buen entendimiento con el nacionalismo, también moderado. Pero Aznar dijo eso de "voy a ser yo, y detrás de mí, el diluvio", dinamitó la fórmula mágica y el PP perdió las elecciones del 2004, y las del 2008, como consecuencia de todo aquello.

Y fue precisamente en las elecciones autonómicas vascas del 2001, las que ahora recuerda Aznar para ponerse una falsa medalla y darle otra a Mayor Oreja apropiándose del pacto de gobierno de López y Basagoiti, en las que Aznar desenfundó su espadón españolista, provocando una reacción lógica y la movilización del nacionalismo vasco, que ganó las elecciones frente a Mayor y Redondo. Y provocando en Cataluña un efecto reflejo y defensivo del nacionalismo, que se convirtió en caldo de cultivo para el resurgir del independentismo catalán de la Esquerra Republicana, luego amparada y legitimada por los gobiernos de Maragall y Montilla, a la sombra del iluso confederado de Zapatero.

Así, entre la locura de Aznar y la temeridad de Zapatero -el que adornó su "España plural" nada menos que desenterrando y abriendo las heridas de la Guerra Civil española-, los dirigentes nacionalistas creyeron ver las puertas del cielo, que han resultado las del infierno. Y, para colmo, se les ha caído encima, como a todo el mundo, esa crisis económica cuya existencia negó Zapatero -como negaba la nación española-, y que pone como prioridad de todo ciudadano, nacionalista o no, el empleo y la estabilidad familiar al margen de cualquier discurso ideológico o nacional. Así lo demuestran las encuestas que anuncian la imparable caída de Zapatero, por más que se disfrace de obrero en paro y agite su discurso social-izquierdista con igual frivolidad con la que anuncia el despido libre si el PP llegara al poder.

Sorprende que políticos tan avezados como Arzalluz y Pujol no hayan visto y detectado la gigantesca trampa que les tendió Zapatero desde su vaciedad e incapacidad política, y que sus sucesores Mas y Urkullu -Imaz se percató de ello, mientras Ibarretxe se lanzaba al precipicio- tampoco hayan visto el peligro de esa pretendida "España plural" que ahora es más unitarista y que ha llevado a los dirigentes y partidos nacionalistas al desastre.

Puede que los cadáveres políticos nacionalistas que va dejando tras de sí el matador Zapatero, y los que están tocados por su imprevisible estoque, si no se creyeron el discurso iluso, plural, federal o confederal de Zapatero, a lo mejor consideraron -como parece que lo piensa el presidente Sarkozy- que Zapatero era un tonto útil y que había que aprovechar la oportunidad, con la misma ingenuidad que los "listos" de pueblo pretendían quitarle el dinero a un pobre idiota en la estación de Atocha de Madrid, sede central del famoso timo del "tocomocho". Pues semejante abuso también fue parte de los errores nacionalistas y de su perdición, porque al final, como suele decir Zapatero de sus adversarios mediáticos, el presidente en vez de pelear cara a cara prefiere "matar a besos" a quienes le importunan.

De ahí el desánimo que atenaza en estos momentos a CiU y PNV mientras miran de reojo el proceso de renovación y moderación que Rajoy lidera en el seno del PP. Aunque el juego de la compraventa de votos al que están acostumbrados los nacionalistas en Madrid -a veces con impúdicos y más que grotescos chantajes- ya no es suficiente si no revisan previamente los postulados desmedidos de su soberanismo sobrevenido con Zapatero. Y no digamos si los destrozos de la crisis económica conduce la situación hacia el modelo político alemán de la gran coalición -por supuesto sin Zapatero-, como poco a poco se va adivinando en el horizonte español.

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