Hasta ahora no he querido decir nada pero, ante las noticias de compañeros que durante la última semana hemos estado conviviendo en México y que han dado mi nombre en radio y televisión, tengo que confesar que estoy en observación ante la posibilidad de que haya podido ser contagiado por el virus de la gripe porcina.
Se ha declarado tal alarma y se ha establecido tal pánico que reconozco que, desde el pasado viernes 24 de abril, prácticamente no salgo de casa y sigo el protocolo dc observación por si he tenido la mala suerte de sufrir el contagio de un virus que, de pronto, en este mundo globalizado, tiene aterrorizada a media humanidad. La otra media, probablemente, todavía no se ha enterado de la posible gravedad de la pandemia, y cuando se entere será demasiado tarde y producirá los mismos efectos que la epidemia de gripe española de 1918.
Volví de México el viernes 24 de abril procedente de Cancún, donde estuve una semana con un grupo de periodistas del Grupo Crónica. Aterrice en el aeropuerto de México Distrito Federal el jueves 23 de abril. Estuve ocho horas en la sala VIP de Iberia, esperando el vuelo de salida de Madrid de las 20.35, ocho horas, y la única noticia que tuve sobre la llamada
influenza
(nombre con el que en México se denomina a la gripe porcina) fue una pequeña nota que leí en el periódico
Reforma.
No le di mayor importancia hasta que en uno de los restaurantes del aeropuerto me encontré con un par de personas con mascarillas que se metían en la boca los tacos mexicanos o el filete, en pequeñas porciones, bajándose y subiéndose la mascarilla de color celeste, mientras miraban con desconfianza a su alrededor.
Pensé que estaba ante unos paranoicos hasta que, de vuelta en la sala VIP, oí cómo alguien contaba, con todo detalle, la historia de Felipe Solís, el arqueólogo mexicano que había atendido al presidente norteamericano Barack Obama en su última visita oficial a México, que acababa de fallecer víctima de una neumonía, provocada por la llamada
influenza.
Me alarmé, entre en internet, pero la única referencia que encontré era la noticia que había leído en el periódico local
Reforma.
Volví a sentarme para consumir las últimas horas, antes de la salida del vuelo de Iberia, y otro espontáneo, supuestamente bien informado, me contó la teoría de que la
influenza
era una venganza del cártel de la droga, el cártel de Sinaloa, que, desarticulado en algunas de sus ramas en un bautizo en el que la policía mexicana había detenido a cuarenta y cuatro capos de todo el país, había decidido combatir al Gobierno de Felipe Calderón con una auténtica guerra bacteriológica.
Volví a conectarme con internet; tecleé, sin convicción, "cártel de Sinaloa" y me encontré con que esa organización criminal, fundada en la década de los ochenta, dedicada al tráfico ilegal de drogas, está establecida en Culiacán y está relacionada con el cártel del Golfo, el cártel de Juárez y el cártel de Tijuana.
Decidí no oír ninguna otra versión sobre la dichosa
influenza,
embarque en el avión de Iberia, me dispuse a dormir, soñando con el cártel de Sinaloa y con la muerte del arqueólogo Solís, como si fuese todo una maldición de la naturaleza y, al llegar a Barajas, comprobé que todavía la
influenza
no había llegado a España.
Al día siguiente, oyendo a la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, decidí someterme a observación: me he mantenido alejado de todas las personas que pueden tener infección respiratoria, he procurado no besar a nadie ni dar la mano, me lavo las manos cada hora, me pongo el termómetro cada seis horas, evito los cambios bruscos de temperatura, me atiborro de vitamina C, aprovechando las naranjas que me ha enviado Jorge Cosmen, de Alsa, y procuro no ver mucho la televisión. Estoy en autoobservación, incluso procuro no contestar al móvil.