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24/04/2009
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Pakistán, una bomba

José Javaloyes

Era lógico que se temieran consecuencias sombrías tras del último magnicidio en Pakistán con el asesinato de la primera ministra Benazir Butto. Pero el Gobierno de su viudo no ha sido capaz de aclarar el futuro en alguna medida, sino que, muy al contrario, las cosas están alarmantemente mal. Así al menos se desprende del informe que la señora Clinton, secretaria de Estado, ha rendido al Senado de Washington.

La crítica situación en que se estaba en Pakistán ha virado a muy crítica. Recordemos: Pakistán es la única nación islámica (mientras Irán no alcance la suya) con el arma atómica en su arsenal, y con la explosión nuclear del terrorismo islamista en fase de preparación para una detonación inmediata.

El giro de los acontecimientos en Pakistán, conforme el alarmado relato de la secretaria de Estado, afecta frontalmente al problema de Afganistán. Al punto de que habiendo sido hasta ahora un aspecto lateral del mismo (pues las montañas limítrofes paquistaníes son el pulmón geográfico de la guerrilla talibán), se ha convertido en parte primera y sustantiva del problema islamista en el mundo asiático y en el resto de la tierra emergida del planeta. De la misma manera que hay soluciones sinérgicas, que se potencian recíprocamente, hay también sinergias para los problemas, desde las que éstos se multiplican y disparan exponencialmente. Es el caso de Pakistán, que está -con los avances de los talibanes hacia áreas próximas a Islamabad, la capital del país- convirtiéndose ya en el factor multiplicador de la muy peligrosa situación afgana.

Estamos ante una tumoración de lo que fue la Guerra Fría, originada puntualmente por la pretensión soviética de dominar política y militarmente Afganistán. Fue aquél un intento neutralizado por Estados Unidos con una movilización contra la URSS del profundo fondo islamista existente en Pakistán. Tal fuerza religiosa así despertada para la política y para la guerra -no sólo en el propio Pakistán, que aportó la masa crítica necesaria, sino también en toda la geografía islámica occidental- se acabó revolviendo contra sus armadores, por la imposible operación de reinstalar a tales combatientes islamistas en el limbo político donde previamente solían. No hubo manera de que los genios volvieran a la redoma. Y el problema, al cabo, se convirtió y resolvió en la metástasis terrorista del islamismo integrista el día que Estados Unidos instaló bases militares en Arabia.

Ahora, tal como la señora Clinton ha definido el panorama en el espacio indostánico, el Gobierno de Pakistán enfrenta con incapacidad manifiesta el problema de reducir la insurgencia terrorista en su propio territorio, con lo que proporcionalmente se estrecha la capacidad occidental de reducir a esa misma gente en Afganistán. De tal modo, golpe a golpe, los talibanes van imponiendo su ley, mientras su expresión paramilitar y guerrilla siguen abriéndoles el camino. Pese a la probada incapacidad del ex dictador Mussarraf de erradicar la insurgencia, no cabe descartar otro golpe militar en Pakistán, puesto que la bomba en que se ha convertido el país se encuentra más que cebada. El Oriente Próximo no se arregla y el Oriente Medio se descompone a pasos agigantados. Digamos con la señora Clinton: ¡ojo a Pakistán!

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