El orden del día del penúltimo pleno del PE revienta de temas que llegan al final de sus largos y complejos procesos legislativos. La agenda es de lo más variado: derechos de los consumidores ante los suministradores de energía, refuerzo de la independencia de los reguladores nacionales, etiquetado ecológico de neumáticos, reducción de los precios de las comunicaciones telefónicas móviles, compensación a los viajeros por retrasos y cancelaciones, prestación de servicios sanitarios en países distintos del de residencia, regulación de la capitalización de bancos y compañías de seguros, normas para controlar las agencias de
rating
a escala europea..., por citar sólo las más relevantes.
Tras este maratón se perfila la próxima campaña de las elecciones europeas. Los partidos que todavía no lo han hecho ultiman sus listas de candidatos y despedimos a los que ya saben que no volverán. Entre ellos me encuentro; 30 años después de las primeras elecciones municipales democráticas de 1979, ha llegado el momento de dejar la política como actividad, aunque no el compromiso y el interés personal, especialmente en los temas europeos, a los que me seguiré dedicando desde la Presidencia del Instituto Universitario Europeo de Florencia.
No seré, pues, candidato en las elecciones del 7 de junio, aunque cerraré simbólicamente la lista socialista, pero no por ello me preocupa menos la perspectiva de la fuerte abstención que vaticina la encuesta del Eurobarómetro publicada esta semana.
Esa encuesta presenta un panorama desolador. Desde la implantación del sufragio universal en las elecciones al Parlamento Europeo, sus competencias no han dejado de aumentar, pero la abstención no ha parado de crecer. Del 37% en 1979 al 54% en las del 2004, hasta más del 60% que se prevé para las próximas. Los peores, Polonia (sólo un 17% de los ciudadanos dice estar dispuesto a acudir a las urnas) y Gran Bretaña (22%), pero incluso en Bélgica, donde la participación es obligatoria, la participación prevista ronda el 70%. Y en España también muy baja, del orden del 30%.
Sólo un 44% de los europeos dicen interesarse por estas elecciones, poco más del 15% son capaces de fijar su fecha. El 64% admite no conocer suficientemente el papel de los miembros Parlamento Europeo y un 62% considera que su voto no cambiará nada. Incluso un 55% de los ciudadanos de la UE estima que el PE no se ocupa de su vida diaria...
Siempre ha sido difícil hacer la pedagogía política sobre Europa... Su funcionamiento es complejo, no se reduce al enfrentamiento derecha-izquierda, está orientado más a la búsqueda del consenso que de la confrontación, y por ello las opciones políticas son más difíciles de percibir. A ello hay que añadir una creciente deslegitimación de lo político, al menos hasta antes de que la crisis deslegitimara a los mercados, y la interferencia con las campañas nacionales, especialmente las legislativas alemanas de septiembre.
Y sin embargo los europeos piden más Europa, sobre todo ante la crisis económica. Piden que los Estados miembros de la UE coordinen más y mejor sus políticas para hacerle frente y creen que así estarían más protegidos. En Francia y Holanda, los países del "no" al Tratado Constitucional, más del 70% pide más coordinación de las políticas económicas. Y cuanto mayor son las dificultades, mayor es esta demanda de acción europea, con Estonia y Hungría como casos extremos.
Pero, a la vez, una mayoría considera que el euro no ha disminuido los efectos negativos de la crisis, a pesar de que la política monetaria es la más integrada y coordinada de todas las de a UE, y a pesar de que el euro ha sido una verdadera tabla de salvación para economías como la irlandesa y la española.
Estas paradojas reflejan la preocupación ante la actual crisis económica y financiera y el interés de que la campaña se centre en la respuesta al paro creciente. Efectivamente, del resultado de los próximos comicios dependerán las respuestas europeas a los retos sociales y económicos derivados de la crisis.
Y por ello ya no basta con pedir beatamente "más Europa". Hay que explicar de qué Europa se trata y cuáles son las diferencias entre las distintas políticas europeas posibles. Si no se perciben diferencias, se genera
indiferencia
que se traduce en abstención.
Un buen ejemplo de esta necesaria pedagogía es la reciente carta del presidente del Partido Socialista Europeo (PES), P. N. Rasmussen, publicada en el diario belga
Le Soir.
En ella destaca cómo las propuestas en los ámbitos de la energía, correos, transportes y sistemas de salud difieren enormemente entre el centro derecha liberales y los socialistas.
Las políticas del centro derecha europeo se centran en la primacía del mercado y en la necesidad de extender y reforzar su papel en la provisión de todos los servicios. En cambio, el PES argumenta en su manifiesto que es esencial mantener la integridad de los servicios públicos para que éstos sigan siendo servicios de calidad, asequibles y al alcance de todos los ciudadanos. Es la diferencia entre derechos y mercancías a la que tantas veces me he referido en mi vida política.
Por ejemplo, en el PE hemos debatido una directiva relacionada con los "servicios de sanidad transfronterizos". El centro-derecha pretende instaurar un mercado único de la sanidad sin preguntarse cómo hacer para que este servicio esté al alcance de todo viajero y no sólo al de los más ricos. Para los socialistas, la legislación europea en esta materia debe presentar medidas para que los costes de los servicios sanitarios transfronterizos no deban ser asumidos
a priori
por el paciente, lo que inevitablemente generaría enormes desigualdades de acceso.
De un modo similar, las propuestas liberales para el sector ferroviario priman el mercado sin tomar en consideración las inversiones que este servicio requiere. ¿Quién garantizará las inversiones futuras en infraestructuras ferroviarias si su explotación escapa del control político y responde solamente a intereses privados? Parece que no han sacado ninguna lección del desastre de la privatización de los ferrocarriles británicos hecha por los conservadores.
En el ámbito de la energía, el PSE propone inversiones en infraestructuras que permitan asegurar el aprovisionamiento y la mejora de la seguridad energética, reduciendo el consumo, mejorando la eficacia y allanando el camino hacia las energías renovables... El mercado tiene un papel que desempeñar, pero la liberalización no puede olvidar los objetivos de seguridad energética, eficacia y desarrollo de las energías renovables. El mercado solo no lo va a conseguir.
La energía, el transporte ferroviario y la sanidad son ejemplos de servicios públicos esenciales que se van a prestar de formas muy diferentes según las mayorías que haya en el PE. Esperemos que una campaña electoral constructiva y pedagógica sirva para que los ciudadanos perciban las diferencias entre las opciones que se les presentan y no caigan en la indiferencia.
josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu