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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
24/04/2009
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ZP y los errores sin autor

Irene Lozano

Lo humano no es errar, por mucho que insista el aforismo. Lo humano es no reconocer los errores, actitud que alcanza su máxima expresión en los humanos gubernamentales, como se vio en la sesión parlamentaria de anteayer.

Uno de los grandes errores del presidente Zapatero ha sido desperdiciar un año crucial para hacer frente a la crisis, pero un presidente nunca admite haberse equivocado -cuando lo hace es porque, en realidad, ha cometido un crimen-, de ahí su tendencia al circunloquio, la perífrasis, la voz pasiva o las formas impersonales del verbo. Es célebre la respuesta que dio Henry Kissinger cuando en 1974 se le preguntó acerca del Watergate: "Tiene sus raíces en el hecho de que se cometieron errores". El delito de espiar y robar información al adversario quedó convertido en un error impersonal en busca de autor. Treinta años después, aún recordaba la eficaz fórmula y, al preguntarle la prensa sobre su responsabilidad en la muerte de millones de vietnamitas, afirmó: "Nadie puede afirmar haber servido en una administración en la que no se hayan cometido errores".

Como la parálisis ha tenido a Zapatero acogotado los últimos doce meses, todo su afán era transmitir dinamismo para cambiar la percepción de indolencia oficial que tenía la ciudadanía. Pero como, al mismo tiempo, le aqueja la incapacidad gubernamental de reconocer errores, debía explicar que va a ponerse en movimiento sin admitir que había estado detenido. La cuestión era difícil de resolver y Zapatero optó por el circunloquio. "Es un buen momento para dar un nuevo impulso" y "he hecho los cambios para preparar con la máxima celeridad la fase que va de la crisis a la recuperación" son algunas de sus valoraciones sobre los cambios ministeriales, que sirven "para ser más rápidos y eficaces en la lucha contra la crisis".

No convenció a ningún diputado: la pantomima del nuevo dinamismo resulta demasiado evidente. Sus palabras lo delatan, porque el lenguaje, en contra de una opinión extendida, no oculta las malas intenciones ni los errores; los pone al descubierto. Puede hacerlo el verbo impersonal kissingeriano o la insistencia en recorrer el campo semántico de la acción, la rapidez y el impulso. Ya nos avisó Víctor Klemperer: "El lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, y aquello que lleva dentro inconscientemente". Lo triste es que esa autocrítica hecha al descuido por Zapatero es lo más cerca que estaremos del reconocimiento de su garrafal error.


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