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23/04/2009
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Teherán-Habana, una pinza para Obama

José Javaloyes

No es que al presidente Obama, en La Habana y Teherán, le hayan tomado la palabra, es que parece que le hayan tomado por tonto. Fidel Castro pone por escrito los puntos sobre las íes a las palabras de su hermano Raúl, a quien mantiene expuesto y maniatado en la jefatura del Estado, que no es el vértice real del sistema cubano. Eso toca a la Secretaría General del Partido Comunista: potestad que Fidel se reserva para sí. El único Estado real existente en Cuba es el Estado de la omnímoda voluntad de quien dicta la ley y la decisión de los jueces.

Dice Fidel que Obama no entendió lo que su hermano dijo sobre los presos políticos como materia de negociación. Habría que "negociar" -advierte el articulista de Gramma- la suerte de aquellos de sus cinco agentes que los servicios de seguridad norteamericanos detuvieron en su día. Ocurre, por tanto, que, de tal manera, el debate sobre la apertura política del nuevo mandatario de la Casa Blanca ha venido a convertirse, por la fuerza de los hechos, en otro debate que es a la vez distinto y complementario. El debate sobre el falso relevo en el poder dentro del sistema cubano.

Lo que rige en la isla es, en muy agravada y tiránica versión, algo ya conocido por estos pagos. La unidad de poder y coordinación de funciones. Aún es Fidel, cancerbero de todo, quien parte y reparte. Titular de la llave maestra, todo lo controla y sin su consentimiento no se mueve nada. No se mueve ni la facundia, impenitente y delegada, de Hugo Chávez, igual en lo que fue la V Cumbre Interamericana de Puerto España que en otras cosas. Pero no en materias, como la otra apertura del nuevo presidente norteamericano. Tal que la ofrecida al régimen iraní.

No ha podido ser menos asumible en Washington, por contundente hasta la brutalidad, la respuesta delegada de Ali Lariyani, el hombre de confianza del presidente Ahmadineyad, en la Conferencia de Fiscales Islámicos (es un suponer que teólogos antes que juristas para moverse entre los preceptos de la Sharia, en el mundo del integrismo), celebrada en Teherán. El régimen de los ayatolás, por boca de Lariyani, sólo aceptaría el diálogo con Obama si éste se cubre la cabeza de ceniza y se acerca a Teherán como el emperador se fue a Canosa para pedirle perdón al Papa por la guerra de Iraq, por el apoyo a la política de Israel frente al boicot y los cohetes de Hamas contra las negociaciones encaminadas a la construcción de un Estado palestino y por la oposición al programa nuclear iraní y su sospechado fin de pertrechamiento atómico...

La respuesta negativa y conjunta de La Habana y Teherán a la flexión política del nuevo presidente norteamericano podrá o no podrá obedecer a un plan conjunto de uno y otro régimen, pero evidenciará en todo caso que muchas de las cosas irresueltas, y de los problemas agravados que están sobre el tapete de la política internacional, tienen identidad independiente de la mejor o peor voluntad de los gobiernos de Washington. Y, sobre eso, la "pinza" con que replican una y otra dictadura contribuirá a que disminuya la fuerza del viento de cambio esperado, convirtiéndose en poco menos que irrelevante. Pero, al cabo, siempre será mejor la certeza que las esperanzas vanas.

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