Cuando desde Estados Unidos, que tantas esperanzas suscita en el plano económico-financiero de Occidente, se apuntaba, con las últimas declaraciones de Obama, hacia una discreta recuperación de la situación norteamericana, el Banco de España, como altavoz de Fernández Ordóñez, ha asestado en el ya deprimido ánimo de los españoles un importante hachazo. El aviso de que la Seguridad Social entra en números rojos o está próxima a hacerlo, que las pensiones corren peligro y en general los objetivos de la política asistencial van a conocer muy malos tiempos, crea inevitablemente en una gran masa de la población un sentimiento de alarma social. Con la ruidosa irrupción de Fernández Ordóñez en el ámbito de las inquietudes presentes, se puede decir que ha llovido sobre mojado. Pero el gobernador del Banco de España parece haber confundido la sinceridad con la imprudencia. O tal vez, como algunos maliciosos aducen, ha respirado por alguna herida política, más o menos de la misma índole que la que afectó hace días a David Vegara, secretario de Estado de Economía. ¿Esperaban más de los cambios ordenados por Zapatero ambos personajes?
Lo que parece evidente es que Fernández Ordóñez no ha mentido. Posiblemente ni siquiera ha exagerado en mínima proporción respecto a la pura realidad. Solbes, en su papel, lo habría hecho con el virtuosismo de los grandes mentirosos. En todo caso cada cual es cada cual. Y el llamado Mafo, por sus siglas, no es, pese a su vinculación con el PSOE, un socialdemócrata al uso, sino un ultraliberal muy alejado de los postulados keynesianos. Las crisis tienen que pagarse. Y las deben pagar quienes menos culpa tienen o quienes más las sufren, es decir, los más débiles, los que se van a la calle normalmente sin las escandalosas compensaciones de los grandes descabalgados.
Zapatero, por supuesto, no contribuye a la mejora del clima reinante. El nombramiento de Elena Salgado como ministro de Economía, aparte de sorprender a muchos funcionarios que la han tratado y padecido, ha sentado como un tiro, que suele decirse, en los círculos de la competencia política. Posiblemente el propio Mafo ha llegado a sentir una íntima cólera en cuanto valor expectante.
El único milagro que ZP ha "perpetrado" en esta nueva escenificación del acontecer político ha sido la ubicación de Pepiño Blanco, ya Ilustrísimo señor, en el ministerio de Fomento, donde su gesto de recibir y hacerle carantoñas a Esperanza Aguirre puede tener, entre otros, un objetivo de mejora de la cotización del PSOE, con su Gobierno, ante las nuevas coyunturas electorales venideras. Para ello, naturalmente, necesita mover bien los dineros públicos que han quedado bajo su control o administración. En contraste con la "Maleni", Madrid pasa a ser en principio, para Blanco, un objetivo de alta rentabilidad política si desbloquea las inversiones en infraestructuras; con lo cual, de paso, también beneficiaría al decaído Zapatero, el de los grandes desaciertos, aun a costa de embellecer políticamente la gestión de "doña Espe" frente a su eterno rival Gallardón.
Otro problema que se da cita con la situación de fondo en España es la desconfianza o, mejor dicho, crisis de confianza que ha estallado en la Unión Europea, donde se pronostica un elevado abstencionismo en las elecciones europeas del 7 de junio. Si ese factor se confirma, puede ocurrir que el descenso de ZP en la cotización electoral se advierta con menos nitidez a la hora de los porcentajes. Desde luego parece previsible que los españoles no nos vamos a distinguir por nuestro fervor participativo en las urnas. En realidad, según los cálculos, vamos pasando de europeistas entusiastas a euroescépticos redomados. Y para colmo de incitación, ahí está la Maleni destacada en la lista de candidatos al Parlamento de Estrasburgo junto a Ramón Jáuregui y Juan Fernando López Aguilar. Menos mal.