Les va a faltar tiempo a los mayorales de las tertulias para poner al rebaño a balar contra Zapatero a cuenta de la escasa estima en que le tiene Nicolas Sarkozy, la primera burbuja en alcanzar la categoría de jefe de Estado. El presidente francés, en una cena con parlamentarios, dijo del español lo siguiente: "Puede que no sea muy inteligente, pero conozco a personas muy inteligentes que no han llegado a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales". El Elíseo se ha apresurado a desmentirlo, supongo que tras comprobar que no hubo grabadoras en la cena, pero la fatuidad del personaje otorga verosimilitud al comentario.
Está claro que el caletre de Zapatero no ha deslumbrado a Sarkozy. Hubiera sido el primero, por delante incluso del propio ZP, que ya manifestó en alguna ocasión su sorpresa al comprobar cómo una persona absolutamente del montón puede llegar a La Moncloa. Pero también se ve que Sarkozy desprecia aún más a Lionel Jospin, que perdió en las urnas frente a Le Pen.
Suelen asegurar los complacientes que la grandeza de la democracia consiste en que permite gobernar a un ciudadano común, sin talento ni aptitudes especiales. Esa grandeza es pareja a la que inviste a las monarquías absolutas, regímenes en los que se puede reinar con plenos poderes siendo poco espabilado e incluso deficiente mental. Sin esa exclusividad en la ventaja, lo característico de las democracias actuales consiste exactamente en lo señalado por Sarkozy, que tal vez no sea tan frívolo como parece o que, aún siéndolo, haya resumido a la perfección para qué gobiernan los líderes políticos occidentales: para seguir gobernando. Por eso mostró su admiración incondicional hacia el primer ministro italiano: "Lo importante de una democracia es ser reelegido. Mirad a Berlusconi. Lo ha logrado tres veces".
Es muy de agradecer que Sarkozy haua delimitado las fronteras entre la inteligencia y la habilidad para ganar elecciones, porque tienden a confundirse, del mismo modo que suele identificarse el éxito de taquilla de una película con su valor artístico. Los votos, como las entradas de cine, no se valoran, se pesan: pero suelen atribuirse aptitudes especiales a quien obtiene la mayor cantidad de sufragios. Rajoy también piensa así: en la primera legislatura tachaba a Zapatero de "bobo solemne"; en ésta se centra en criticar su gestión, probablemente convencido de que si Zapatero es tonto, más tonto es él, por haber sido derrotado por un tonto.
Las urnas no miden el cociente intelectual, sólo otorgan legitimidad para gobernar. Nuestro amigo
Sarko
lo ha expuesto de forma descarnada. Que sus palabras sean noticia demuestra cuán necesitado está el gentío de atribuir a los gobernantes un talento superior. Porque si nos detuviéramos a calibrar sus capacidades reales, no nos quedaría más remedio que preguntarnos si hacemos bien en delegarles tanto poder.