Una gigantesca tormenta política y financiera se cierne ahora sobre el cielo enladrillado de las cajas de ahorro de todo el país, tocadas por la crisis de las finanzas internacionales y el riesgo típico español, y sobre todo dañadas por la influencia política que sobre estas entidades tienen todos los partidos con presencia parlamentaria, nacional o autonómica, convirtiendo muchas veces su labor financiera y bancaria en extensión de sus terminales políticas y negocios de empresarios amigos, así como de medios de la comunicación afines de este o de aquel partido nacional o nacionalista.
El detonante de la tempestad que sobrevuela el prestigio y la credibilidad de las Cajas de toda España ha sido la intervención de Caja Castilla La Mancha, y otras intrigas políticas como las desatadas en Caja Madrid, de manera irresponsable, por la presidenta Esperanza Aguirre, la que ha convertido la citada entidad madrileña en campo de batalla de su propia ambición política en el seno del Partido Popular. Aunque ayer Aguirre, tras el recurso interpuesto por el Gobierno de Zapatero ante el Constitucional contra la abusiva ley de Cajas de la presidenta madrileña, empezó a recular temerosa de que, en el río revuelto que viene de La Mancha, Caja Madrid, víctima de sus intrigas políticas, se vea afectada y acabe causando ella un daño mayor del que ahora sufren las Cajas por causa de la intervención de la entidad manchega.
Ésta es otra de las enseñanzas de la crisis: los partidos políticos deben salir del control y de la gestión financieras de las cajas de ahorros. Primero, por su falta de cualificación para gestionar estas entidades y, en segundo lugar, porque las están utilizando en la batalla política, empresarial y mediática, de manera descarada y en menoscabo de la buena gestión y rentabilidad de la administración de su patrimonio y de sus depósitos financieros.
Y esto es lo que ha ocurrido en Caja Castilla la Mancha, donde el alto riesgo de inversiones temerarias les ha llevado a una crisis de liquidez, tal y como lo ha reconocido el Gobierno español y el Banco de España. Por ello, y no por otra cosa, se ha llegado a la intervención pública de la entidad una vez fracasó el intento de fusión con Unicaja de Málaga. De todo esto tienen responsabilidades los primeros administradores de la Caja, con Hernández Moltó a la cabeza, y también el presidente extremeño Barreda, quien en un acto de irresponsabilidad y cinismo ha querido imputar al PP la crisis de la entidad. Aunque es cierto que el PP, y sus más ruidosos medios afines, han colaborado en la aceleración del descrédito con campañas de alarma, pero no son responsables de la profunda crisis de la entidad, que reconocen y a la vez niegan Zapatero y su vicepresidente Solbes, a pesar de la evidencia flagrante de la intervención del Banco de España.
Naturalmente, los grandes bancos privados nacionales están a la espera de que pueda producirse -ya ha comenzado- un trasvase de fondos de las Cajas hacia los bancos, porque nadie descarta que la crisis manchega pueda tener una segunda, o tercera, parte en otra comunidad autónoma. La frase de ayer de
no coment
del subgobernador del Banco de España, cuando alguien le preguntó si había alguna otra Caja en investigación, habla por sí sola.
Y si esto ocurriera, estaríamos abriendo una crisis gigantesca dentro del tan cacareado sistema financiero español, del que tanto presumía Zapatero en las cumbres internacionales, y que ahora está bajo sospecha como todos los demás, por más que pretenda minimizar el problema de la Caja manchega. Sobre el que hay que decir que ni el Gobierno ni el Banco de España fueron capaces de solucionar, a pesar de que como dice el presidente sólo afecta al 0,8 por ciento de nuestro sistema financiero. Entonces, si el problema es tan pequeño, ¿cuál es la causa por la que no lo han arreglado desde dentro del sistema, sin dejar escapar esta tempestad que se cierne sobre el conjunto de las cajas de ahorro de toda España?
Muy sencillo, por la incapacidad del vicepresidente Solbes, el descontrol del palacio presidencial y las peleas internas habidas en el Banco de España en relación con esta y otras entidades. Y esta colección de desencuentros y de la incapacidad política son las que provocan inquietud y el desasosiego que se acaba de instalar en el sistema financiero español.