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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
27/03/2009
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Con salsa de perejil

José Javaloyes

Podrá empapelar todos los muros de la patria con el membrete "Gobierno de España", y tapizar las paredes, cubrir los caminos o forrar los montes patrios. Podría envolverlo todo y ni aun así ocultaría la evidencia de que sigue creyendo y sosteniendo lo que un día dijo al referirse a la nación como algo discutible y discutido.

La prueba irrefutable de que ello es así se evidenciaba en la última comparecencia parlamentaria del presidente Rodríguez, cuando al enumerar los cargos contra la memoria política de los gobiernos del Partido Popular, no sólo echó mano de la guerra de Iraq por enésima vez, sino que incluyó, como otro baldón más, la expulsión de el islote de Perejil a los invasores marroquíes. Que lo habían tomado, cierto es, por vía homeopática (sólo unos gendarmes en calzoncillos y camiseta, como para enfatizar la condición civil y no militar de la operación), aunque eso no dejara de significar una ocupación que alteraba el statu quo en el espacio crítico del Estrecho. Crítico porque afectaba al entramado de límites que soporta el ámbito español de soberanía en el norte de África.

Este indiscreto piloto que tiene aún en sus manos el timón de los destinos de España lleva tan lejos su nesciencia y su inocencia -además de su rencor sin tasa-, que no cae en la cuenta de que aquella de Perejil correspondió cualitativamente a la misma naturaleza artera que la Marcha Verde montada por Hassan II para sajar el vientre de la descolonización del Sahara. Algo que España había comenzado en el correspondiente Comité de la ONU.

De las astucias del moro no se hizo todavía la entera crónica. Faltando aún entre otras cosas la nota de pie de página sobre cómo siendo Mohamed VI bastante menos avisado que su astuto padre consiguió, empero, abducir la mente de quien, por ello mismo, tiene ya reservado una mención en la Historia patria del siglo XXI. No se debe olvidar la circunstancia de que, por haber abjurado de lo hecho en Perejil por su predecesor en la Moncloa, Miramamolín le sentó, en la primera visita que ZP le hizo, debajo de un mapa del Imperio Jerifiano en el que Ceuta y Melilla -junto a Perejil- aparecen tintadas del mismo tono y color que Marruecos.

Muy nervioso debía de encontrarse el presidente del Gobierno ante la galerna de críticas con que fue recibido, en el Pleno del Congreso, por la chapuza sistémica cometida con el anuncio por libre de la retirada de los soldados españoles destinados a la seguridad de Kosovo, en el marco de la OTAN. Nervioso y dialécticamente desarbolado para que se le escapara el gazapo del rescate de Perejil, en una operación clínicamente impecable de cirugía militar, que dejó a Miramamolín compuesto, sin peñasco y sin resquicio con el que palanquear contra la presencia española en el norte de África. Desde una referencia cronológica anterior al primer vestigio de soberanía jerifiana en ese espacio, homologable con los criterios de la moderna legalidad internacional.

Sólo faltaba algo para adornar el dislate del Kosovo, cuyos costes a medio plazo aún no resulta posible columbrar, la inmensa metedura de pata de apuntar en el debe del PP aquello del Estrecho. A esta crisis del Kosovo únicamente le faltaba la salsa de Perejil.

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