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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
27/03/2009
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La orquitis del observador

Daniel Martín

Al igual que se advierte a los enfermos del corazón o de la espalda sobre la escasa pertinencia de subirse a una montaña rusa, a las personas en estado depresivo debería avisárseles sobre los peligros de ver el espectáculo del Congreso de los Diputados. No hay nada tan estéril, rastrero y vergonzoso en el nigérrimo panorama español: ni la existencia y oscuro manejo de las cajas de ahorros, ni la partitocracia imperante, ni las subvenciones a la cultura, ni la ley electoral, ni los absurdos administrativos... el espectáculo que los diputados y el Gobierno ofrecen en el edificio de la Carrera de San Jerónimo es lo más triste y cabreante que uno pueda imaginar. Por eso hay que evitar verlo; si no, uno puede caer en depresión o sufrir una inflamación de testículos o de ovarios, según sea el caso.

El pasado miércoles volvimos a asistir a otro de esos esperpentos a los que nos acostumbran los políticos. Esta vez el protagonismo lo acaparó José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno desde hace cinco años, gracias a su retorno al pasado de Iraq y Perejil. En serio, no sé si es un bobo de solemnidad o un malvado digno de Fu Manchú. Estuvo tan "él" el pasado miércoles que hasta los diputados de la oposición no parecieron tan inútiles, cortos, ambiciosos y codiciosos como realmente son.

Hay que evitar espectáculos así, sobre todo en estos tiempos en los que las crisis financiera, inmobiliaria, productiva y etc. aumenta el paro de manera desorbitada, aún más en comparación con el resto de índices europeos. El problema es que muchos no conseguimos apartarnos del panorama político porque no somos capaces de sumergirnos y abandonarnos en las patéticas estulticias de la telerealidad o, mejor dicho, "ficción de cercanías".

Por eso uno no consigue evitar los arrechuchos depres o los arrebatos cabreícas. Tan frustrante es nuestra realidad política, nuestra endeblez social, nuestra ignorancia ciudadana, que me resulta fascinante cómo uno consigue levantarse cada mañana y hacer aquello que se le supone.

Y por eso uno intenta comprender mejor lo que le rodea. En pleno siglo XXI España sigue sufriendo problemas antañones como el nepotismo, la concesión de sinecuras, la corrupción o, simplemente, la golfancia más estremecedora. Nuestros políticos son por definición venales, sobre todo a la hora de venderse a la postura que más convenga electoralmente. Y la sociedad... lejos de mostrarse cuando menos ingeniosa, como en época de Galdós o Baroja, es ahora más egoísta que nunca, quizás fiel reflejo de lo que vemos cada semana -menos en sus larguísimos periodos vacacionales- en el edificio de las Cortes.

Más deprimente pero menos cabreante que el Congreso son nuestros conciudadanos. Mires a donde mires, y cuando cometas el error de salirte de las cosas cercanas que, a la postre, son las que aligeran el peso de vivir, te ves rodeado de posturas extremas, fanáticas, indocumentadas, ignaras, irreconciliables con el otro aunque no se sepa muy bien qué opina éste, patéticas, trágicas, acompañadas casi siempre con modos de vivir incompatibles con las ideas (?) que se defienden e intentan sostener. Hay mucho odio por ahí. Y lo peor es que nadie sabe muy bien por qué los otros son tan despreciables como nos da a entender cada uno de nuestros interlocutores.

Así, en el fragor de esta sociedad hedonista que pide energías alternativas al tiempo que se incrementa exponencialmente el consumo energético -sirva este ejemplo como analogía de las infinitas situaciones paradójicas que pueblan nuestras existencias-, uno se encuentra con individuos situados en un pedestal de mierda con ideas etéreas que, sin embargo, se consideran mil veces mejores que las no conocidas de los demás. La vieja soberbia española se ha unido con el sentimiento fascista de nuestra propia conciencia -para cada uno, escandalosamente, la única recta- para desdeñar, despreciar u odiar todo lo que no salga del propio cerebro.

Quizás la España del XIX o del XX no se mereció los políticos que tuvo. Los españoles de hoy, no obstante, seguramente se merezcan el absurdo político que machaca y perjudica sistemáticamente la realidad española. Probablemente no seamos culpables de tener un sistema educativo tan mísero -sin contenidos, intervenido por unas administraciones que no saben qué quieren e impiden que otros lo sepan, enemigo de la excelencia y del esfuerzo- ni de, por tanto, estar tan mal educados. Pero cuando se permite que lo del Congreso se repita semanalmente sin el menor indicio de rebelión ciudadana -por favor, no confundir con un movimiento antisistema; esto es un llamamiento a un levantamiento cívico y respetuoso con el ordenamiento jurídico (si es que a éste aún se le puede considerar tal)- y la gran mayoría de personas que tiene un mínimo de interés en lo político sólo levanta la voz para despreciar a otro, no se puede echar la culpa exclusivamente a la educación. La intolerancia crónica y fundamentalista, el desprecio al otro como único modo de ser y de opinar, son consecuencia de muchos factores... quizás los mismos que evitan que la orquitis existencial de servidor tenga un tratamiento mínimamente prometedor.

dmago2003@yahoo.es

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