Si hay hombre discreto y con saber hacer en el Gobierno -y aunque por el momento no sea ministro-, ése es Bernardino León, secretario general de la Presidencia, que ha debido medio enmendar el yerro de Defensa al lanzar la ministra, inopinadamente según parece, la decisión de retirar las tropas españolas de Kosovo sin consensuar la medida con los aliados de la OTAN. La precipitación incompetente es letal en política exterior, y si tenía el Gobierno una oportunidad de mejorar su relación con la nueva Administración demócrata estadounidense, es posible que la haya perdido. Por esa herida respiraban las sutiles pero incuestionables críticas del secretario general de la Presidencia del Gobierno referidas a la ministra Chacón, quizás demasiado condicionada por las expectativas políticas que sobre ella recaen y según las cuales estaría llamada a la vicepresidencia del Gobierno. Este traspiés las aleja.
El equipo de Obama -haya compuesto mejor o peor León la situación con posterioridad a la decisión de la retirada de Kosovo- se ha sentido "profundamente desencantado" con la medida gubernamental española. Y ni los medios más próximos al Gobierno de Rodríguez Zapatero se explican cómo es posible cometer este terrible error en vísperas de la reunión del G-20 en Londres y cuando el presidente Obama está desplegando gestos históricos hacia el mundo islámico, especialmente dirigidos a los Estados, como Irán, más agresivos y radicales.
La crisis de Gobierno se hace inevitable, más de lo que era hace unas semanas. Exteriores -Moratinos es una excelente persona, pero no tiene capacidad de control de la situación y falla en sus diagnósticos con demasiada frecuencia- y otros ministerios, algunos invisibles e inanes, deben registrar una fuerte convulsión. Y, algunos, "poner el contador a cero", como ha hecho el muy negociador y eficaz Francisco Caamaño en Justicia. No tiene el sucesor de Fernández Bermejo un alto perfil político, pero puede apostarse que resolverá muy razonablemente el grave problema que plantean al Ejecutivo jueces y magistrados. Ya se ha visto que cambiar de ministro, cuando el cambio es a mejor, no causa problema alguno sino todo lo contrario.
Pero la crisis del Gobierno tiene otra dimensión que se refiere a su viabilidad y a la de la legislatura. Abandonado por el PNV en el Congreso y con graves desacuerdos en Cataluña con el PSC y ERC sobre la financiación de la comunidad autónoma (y todavía no se ha dictado sentencia sobre el Estatuto), Ridao, portavoz de los republicanos independentistas en el Congreso, ha lanzado un órdago a Rodríguez Zapatero: tiene que elaborar un acuerdo amplio "con Cataluña" o el presidente se verá abocado a convocar elecciones anticipadas. Más claro, agua. Las perspectivas son, en consecuencia, preocupantes para la Moncloa, que debe moverse en un estrecho margen político que se achica, por si fuera poco, con fallos graves de estrategia internacional y comunicación tales como la salida de las tropas españolas de Kosovo.
Mientras tanto, la crisis galopa. Ignacio Sánchez Galán ha pedido en la Junta General de Iberdrola un gran pacto nacional; antes lo hizo Francisco González en la del BBVA y es muy posible que esa línea sea seguida por otros líderes empresariales. Entre otras cosas para generar confianza y salir al paso de los propósitos de movilización de IU y los sindicatos, que han tomado buena nota de las manifestaciones y paros que castigan a Sarkozy en Francia.
Quizás el presidente tenga en su mano una baza que podría activar de inmediato: cambiar el equipo gubernamental para ganar interlocución política y social y conjurar la interrupción de la legislatura. Algo más debe hacer: olvidarse de agitar a la sociedad con debates fuera de las inquietudes generales como el del aborto (¿a qué viene ese proyecto?, ¿para justificar el injustificable ministerio de Bibiana Aído?) y relegar a otro momento la agenda de asuntos con potencial innecesariamente conflictivo. De no acometer estas tareas, Rodríguez Zapatero lo va a pasar mal. Muy mal.