La ministra remató con un "Misión cumplida, nos vamos a casa" que trataba de trasladar serenidad y dominio de la escena. Pero desde Bruselas y Washington, desde el cuartel general de la OTAN y desde el Departamento de Estado, llegaron inmediatamente respuestas airadas y frías, algo así como "se van a la española", como cuando se fueron de Iraq sin respeto a los aliados y con precipitación.
Si en el primer caso cabía la explicación de que era una guerra injusta y que en el programa electoral del Partido Socialista estaba la retirada inmediata, en este caso el anuncio de la ministra ha sido innecesario, con déficit de liturgia y mala ejecución. Que los españoles se iban a ir de Kosovo era algo de sobra conocido. La cuestión era cómo y cuándo. Y al Gobierno le sobraba tiempo y espacio para hacerlo con estilo, haciendo gala de compromiso y de respeto a los socios y aliados.
El resultado ha sido malo, ni a balón parado sin portero han acertado a meter gol. Algunos de los aliados principales se han enterado por la prensa, los propios embajadores ante la OTAN y Washington se han visto marginados y con el pie cambiado. A nadie ha gustado la forma de la retirada. Tan malo ha sido el movimiento, que la Moncloa ha tenido que salir al rescate de Defensa mientras Exteriores andaba fuera de juego.
Ha sido Bernardino León, el hombre del presidente, el que ha dado las explicaciones debidas en Washington tras el traspié de la ministra de Defensa, e incluso se ha justificado con una crítica a las deficientes explicaciones del Gobierno. Finalmente no ha quedado claro el cuándo y el cómo de la retirada; antes del verano dicen en Defensa, pero con plazos flexibles, amplios y siempre coordinados con la Alianza, dicen desde Moncloa. En resumen, un churro.
La política exterior de Zapatero es vacilante y confusa, ha devuelto la centralidad perdida durante la etapa Aznar, que apostó por su propia partitura, pero con notable mediocridad y cierta irrelevancia. Zapatero ha conseguido entrar de polizón en el G-20 ampliado y puede que consolide esa posición, sobre todo con el calendario a favor por la presidencia española de la Comisión Europea durante el primer semestre del 2010. Pero el papel de España en la gran política es poco relevante, ha desaprovechado oportunidades, en buena medida por la falta de destreza y experiencia del presidente, que tiende a aparecer aislado en las reuniones internacionales.
La Administración Obama, que aparecía como una oportunidad en el mejor momento, puede malograrse con movimientos como el de la retirada de Kosovo. Y, por el camino, la imagen de la ministra, que estaba entre las más valoradas del Gobierno sin que hubiera causa suficiente para ello, más por lo que promete que por lo que ofrece, sale trasquilada del traspié.