Cuando la Revolución Francesa, en la figura de Sieyes, pensó que se podía arbitrar como sustituto de la monarquía, decidió que debía ser
le peuple,
el pueblo. Una vez proclamado soberano, el pueblo ya no se pudo identificar como súbditos de un rey sino como habitantes de una tierra. Ahí nació el nacionalismo.
Los alemanes, en la persona de Herder, concibieron el concepto de
Volkgeist,
el espíritu del pueblo, que daría personalidad y conferiría identidad a los ciudadanos libres de un país. Cada mejora tiene sus inconvenientes, no sé si fue peor el remedio que la enfermedad, porque la idea nacionalista en vez de quedarse en repositorio de la identidad cultural de un grupo humano, se ha utilizado para declarar guerras, cometer atentados, decretar leyes excluyentes y quejarse sin tregua.
El nacionalismo cultural es muy útil para lograr un sentido de identidad que necesitamos más que nunca en el mundo globalizado, pero el nacionalismo político, que nace del cultural, a veces cobra vida propia y se extralimita.
Yo he sido nacionalista catalán cuando había que recuperar los derechos culturales perdidos durante la dictadura. Ahora que las reivindicaciones se han obtenido, sigo siendo catalanista en lo cultural, como no puede ser de otro modo, pues soy catalán, pero empiezo a notar que en lo político el catalanismmo se está usando para que unos señores logren votos y mantengan sus cargos. Esos señores tienen interés en crear conflictos donde no los hay o en exacerbar los que aún no se han extinguido. Eso puede ser contraproducente.
Barcelona y Cataluña se pueden estar tirando piedras en su tejado por un nacionalismo innecesario y contraproducente. Igual suele suceder con otros nacionalismos.
Por eso los resultados de las elecciones en Galicia, y sobre todo en Euskadi, resultan relevantes como indicio de un posible y deseable punto de inflexión en la corriente nacionalista que nació en el siglo XIX con el Romanticismo alemán.
Que se hablen los idiomas, que se mantengan las costumbres, que se proteja el folklore porque la diferencia es riqueza y es vida, pero por el otro lado que se relativice el nacionalismo, se atenúe su virulencia y se reconozcan las reivindicaciones conseguidas, también será bueno para la convivencia.
Seamos nacionalistas culturales y miremos hacia fuera, no con recelo ni xenofobia, sino con la enriquecedora sensación de que, a la vez, somos nacionales y ciudadanos del mundo, y que éste, cada vez más, está a la vuelta de la esquina.