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Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
05/03/2009
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Europa, dispersa frente a la crisis

Enrique Badía

Nadie puede dudar a estas alturas que cuando la crisis termine muchas cosas no serán igual. ¿Cuántas y en qué medida? Dependerá de cuánto dure y el modo cómo se logre superar. De momento, muchas se están poniendo a prueba, incluidas no pocas verdades que hasta hace bien poco parecían consolidadas, poco menos que inamovibles, aunque no faltaran quienes tendían a cuestionarlas con desigual convicción.

Una de las sometidas a contraste es el proceso de construcción europea o, dicho de otra manera, la capacidad de la Unión (UE) para mantenerse cohesionada frente a la dificultad. Decir que se quiere abordar la crisis de forma unitaria es más fácil que hacerlo: las declaraciones casi siempre suelen resultar más gratas que convertirlas en realidad. Se vio el pasado domingo, en la reunión informal que los líderes comunitarios mantuvieron en Bruselas, en cierta medida con el propósito de aunar posturas, cara a la cumbre del G-20 (+3) que se reunirá en Londres como continuación al encuentro celebrado en Washington a finales del pasado 2008. Como entonces, unos socios europeos estarán presentes, otros no han sido invitados y en todo caso tendrá asiento representativo la Comisión.

Un punto de controversia estriba en la adopción de medidas defensivas en materia de localización industrial por parte de algunos países.

La recesión ha llegado a los países de reciente ingreso en un momento particularmente delicado, sobre todo para aquéllos provenientes de la órbita soviética. Sus economías estaban progresando gracias a la fluidez del crédito y la bonanza del consumo que favorecía aumentos consistentes de su capítulo exportador. El parón generalizado ha secado ambas fuentes de crecimiento y perfilado un horizonte de contracción.

En ese contexto, es lógico que inquiete la más leve amenaza de relocalización o, visto desde su óptica, deslocalización de plantas productivas en algunos sectores cuya presencia está siendo fuertemente primada -subvencionada- en otros países comunitarios. El ejemplo más socorrido es el automóvil: aunque los respectivos gobiernos lo nieguen, es indudable que la subordinación o los condicionantes que se están fijando para el otorgamiento de ayudas tiene un sesgo proteccionista imposible de disimular.

Lógicamente, si un determinado gobierno limita la concesión de ayudas al mantenimiento pleno de la capacidad industrial radicada en el país, está primando la localización frente a sus alternativas, forzando a que otros hagan lo propio o deban resignarse por carecer de suficiencia financiera para replicar los incentivos.

La esencia del problema es que en ése y otros sectores se aprecia un exceso de capacidad productiva en el territorio de la UE que, de una u otra forma, en unos sitios más que en otros, resta potencial competitivo a la industria europea en su conjunto. Sólo que esa visión, considerar la posición estratégica comunitaria frente a las de otra u otras áreas, apenas existe o, en la práctica, se subordina a la defensa individual de cada estado, dando prioridad al sostenimiento de las plantas ubicadas en su territorio.

La cuestión no es fácil de resolver y no ayuda -todo lo contrario- la insuficiencia de mecanismos efectivos de coordinación en materia de política económica. Más allá de los propósitos y declaraciones más o menos grandilocuentes, lo real es que la Unión Europea está, de momento, afrontando la crisis mediante una agregación, poco o en muchos aspectos nada coordinada, de políticas estatales con desiguales fortuna y efectividad.

Incluso en el ámbito de la eurozona, entre los países adheridos a la moneda única y común, dista de percibirse una coordinación efectiva de políticas y recetas para hacer frente a unas dificultades en gran medida compartidas, lo que en cierta medida sitúa también al euro frente a una especie de hora de la verdad.

Una forma de abordar la situación sería aprovecharla para articular una fórmula institucionalizada capaz de promover políticas de alcance verdaderamente europeo. Otra posibilidad es dejarlo todo como hasta ahora, cruzando los dedos para que la construcción europea no sea una de las cosas que, tras la crisis, no habrá modo de resucitar.

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