Presidente Consejo Editorial: Germán Yanke
Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
04/03/2009
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Los "terremotati"

Javier Pérez Pellón

Si la configuración de la corteza terrestre hispánica fuera tan frecuentemente expuesta a los culebrones sísmicos como lo es la de Italia, estoy seguro que el término terremotati, esto es, víctimas de terremotos, se incorporaría, rápidamente, al ya riquísimo vocabulario oficial de la Real Academia Española de la Lengua con un neologismo que sonaría algo así como terremotados. En espera de que esto suceda, sin que por ello nuestro país tenga necesidad de sobrepasar los límites sismográficos consentidos por las escalas Ritcher o Mercalli, conformémonos con llamar a los terremotados con su correspondencia italiana de terremotati.

Bastaría estudiar, aunque sólo fuera supercialmente, un mapa sísmico de la península italiana, añadiéndole, la isla de Sicilia, para ver como desde Siracusa, Palermo, Catania y Messina y, atravesando el estrecho que les separa, desde la punta de la bota hasta la región del Friuli y de Venecia, la totalidad del territorio de este país ha sido sacudido, con mayor o menor intensidad, a lo largo de su historia conocida, por la fuerza telúrica y devastadora de los terremotos. Y que, como la ciencia en esta materia enseña, sean los volcanes que las llamadas placas tectónicas están en un estado de perenne agitación y movimiento, aunque puedan parecer dormidos o aletargados, pues resulta que, prácticamente, la entera población que habita o reside en este bendito país está compuesta por terremotati, o bien porque ha sufrido en sus carnes y en sus bienes los efectos de un terremoto, o es aspirante a serlo en el día menos pensado.

Por debajo de la cordillera de los Apeninos, que de sur a norte, como si fuera su columna vertebral, atraviesa todo el italico territorio peninsular, y en cualquier momento y en cualquiera de sus puntos, la corteza terrestre, desde el profundo de su hipocentro al más supercial de su epicentro se puede resquebrajar y en el espacio de pocos segundos crear un desbarajuste de padre y muy señor mío. Por ejemplo, el que esto escribe, puede, improvisadamente, de día o de noche, convertirse en un terremotato. No sería la primera vez , en los largos años de residencia en Italia, que, entrada la madrugada me he encontrado, en pijama, con los convecinos en igual guisa, en el jardín de nuestra casa, porque las lágrimas de cristal de las lámparas comenzaban a tintinear sospechosamente y las sillas y mesas, ellas solitas, empezaran a bailar una especie de vals de las olas.

También en estos años me ha tocado asistir como testigo, y describirlo en reportajes para la TVE o para la prensa de papel, a devastadores y dramáticos sismos como el del 6 de mayo de 1976 que, con una intesidad de 6,4 de la escala Richter, asoló una buena parte de la región del Friuli, al norte de Italia, causando 989 muertos y 45.000 personas que vieron sus casas completamente destruidas.

O el de Irpinia, en una noche fría del 23 de noviembre de 1980, que afectó a las regiones de la Campania, Nápoles incluído, y la Basilicata, con un desastroso resultado que en sesenta segundos dejó, sofocados, entre los escombros, 2.785 muertos y 280.000 personas se quedaron sin techo donde refugiarse, porque setenta centros habitados fueron reducidos a un montón de ruinas. Con el andar del tiempo, en Torre Anunziata, muy cerca de Nápoles, todavía se pueden ver desde el tren, dos enteros barrios semidestruídos por aquel sisma son, hoy día, uno de los mayores santuarios, al aire libre, con que cuenta la Camorra para la distribución de droga con la que surtir el mercado de toda Italia.

A ello hay que añadir el inri de que los accionistas del Banco Popular de la Irpinia, entidad que se hizo cargo de la administración de las ingentes ayudas, nacionales e internacionales que llegaban para la reconstruccción de la región, hicieron el gran negocio de su vida, viendo como, a diario, subían muchos enteros sus depósitos bancarios, con la "casualidad" que entre los mayores inversores se contaban, por ejemplo, varios miembors de la familia de Ciriaco De Mita, uno de los grandes "patrones" de la Democracia Cristiana, ex-Presidente del Gobierno, y unos cuantos ministros de la República, como Cirino Pomicino, Enzo Scotti, Antonio Gava y Francesco De Lorenzo, el pluriprocesado ex-ministro de Sanidad. Varias comparecencias ante los tribunales de justicia han jalonado, en el curso de estos últimos veinte años, este gran escándalo de corrupción, sin grandes resultados aparentes, ya que la mayoría de los acusados andan por ahí caminando por la calle con la cabeza bien alta y ocupando, como honorables representantes del pueblo ¿estafado? los estrados del Parlamento.

O aquel otro de 1997 que se abatió contra la región Umbria, en el centro de la península, destruyendo, en todo o en parte, seiscientas iglesias, muchas de ellas ejemplos de esa arquitectura medieval labrada con finísimos encajes góticos de piedra, de la que la basílica de San Francisco, en Asís, fuera su ejemplo más emblemático, al caer herido, gravemente, el ciclo de frescos de Giotto, obra maestra de la pintura universal, que iluminaba, mágicamente (lo sigue haciendo después de una meticulosa restauración que ha durado años) la vida del santo poverello de Asís, hermano sol, hermana luna u otras joyas de arquitectura de la estación áurea del Renacimiento.

En Italia y registrados por los testimonios de la historia, desde el año 461 a.C. hasta hoy, los movimientos sísmicos han resquebrajado la tierra, catastróficamente, en 1.739 ocasiones, dejando una secuela de muertos superior a la de varias guerras púnicas, que debieron ser muchos. De todas formas en el último milenio de la Era Cristiana, algo más de 220 terremotos fueron violentamente destructores. El diez por ciento, en paridad de intensidad, de los 450.000 terremotos registrados en los últimos dos mil años en todo el mundo, corresponden a Italia. Leyendo las crónicas italianas de los desacordes telúricos de la Edad Media se le ponen a uno los pelos de punta. Y sin querer ser catastrofistas un poco de preocupación, al margen o, quizás, como añadidura a la crisis económica y energética de nuestros días, deberíamos tener, pues las más modestas previsiones nos hablan de que en Italia existen, al menos, 22.000 centros habitados a riesgo de terremotos de mayor o menor intensidad, una lista que incluye, naturalmente, Roma. Y ya hay quien vaticina, en fechas no muy lejanas a las actuales, la desaparición definitiva de Venecia en las aguas de la laguna o la de Nápoles, esta última materialmente comida bajo los efectos del Vesubio y tan tremendos que harían parecer lo de Pompeya como una broma.

Los expertos en materia analizan, con todo detalle, las famosas predicciones de los mayas, cuyos misteriosos mapas sobre el estudio del Universo, hacen recaer en la media noche del sábado del 22 de diciembre del 2012, es decir a la vuelta de la esquina, una cita catastrófica para la humanidad. Es en esta fecha donde los antiguos estudiosos guatemaltecos, extraordinarios astrónomos y formidables matemáticos, fijaron, el final de un ciclo del universo que comenzaría allá por el año 3.114 a.C. Como se sabe fueron estos sabios mayas los que con mayor precisión estudiaron los ciclos de la luna, los eclipses solares... con previsiones que para si quisieran los más modernos y sofisticados telescopios. Un hilo de esperanza, según los mayas, todavía le queda al hombre si es capaz de cambiar su conducta con respecto a la naturaleza y a su convivir con sus semejantes.

Pero, por si acaso, si alguien todavía no ha visto Venecia o Florencia o Siena o Roma o Nápoles... que se apreste a hacerlo cuanto antes, no vaya a suceder que, si lo hiciera con retraso, en el lugar donde un día estuviera la veneciana Plaza de San Marcos, viera sólo un charco y en los demás sitios sólo montañas de piedras, como en el Planeta de los monos.

De manera que aquí somos todos un poco terremotati. Y para recordarlo hay están, como ejemplo, los terremotati sicilianos, los descendientes, nietos y biznietos que todavía habitan en las mismas barracopolis, muchas de ellas reconstruídas con ladrillos y hojalata -porque las primeras eran de madera-, que fueron de sus abuelos y bisabuelos, en espera !desde hace 101 años! que se les concedan viviendas populares, como prometido a sus antepasados, los supervivientes del tremendo sisma que azotó Messina y una buena parte de Calabria el 28 de diciembre de 1908. Aquel terremoto fue la más grande catástrofe que recuerdan los anales de la historia de Italia, con un balance impresionante de muertos, ciento veinte mil, incontables desalojados, con el noventa por ciento de casas y edificios públicos totalmente destruídos en ciudades como Messina y Reggio Calabria, incluído el Tetro de la Ópera de la ciudad siciliana, donde uno de los más famosos tenores de la época, Angelo Gamba, estaba cantando las últimas estrofas del Radamés de Aida, sucumbiendo de verdad antes de dar tiempo a bajar el telón.

La Hacienda italiana, que en esto de recaudación de impuestos saca de donde no hay, ha hecho pagar, hasta hace sólo unos pocos años atrás, en formas de las más variadas tasas, los gastos derivados de los daños originados por el terremoto de 1908. Por lo visto a los terremotati sicilianos, alojados en las barracopolis de Messina, todavía no les ha llegado el turno.

Lo que si se continua pagando por el concontribuyente son las consecuencias de otras catástrofes, antiguas y modernas, y gastos más o menos justificados por un gestión discutible de la cosa pública. Por ejemplo, en cada litro de gasolina que pongo a mi coche, estoy indemnizando los gastos ocasionados por la guerra de Abisinia de 1935, por las inundaciones del Vajont de 1963, por las inundaciones de Florencia de 1966, por el terremoto del Belice de 1968, por el terremoto del Friuli de 1976, por el terremoto de Irpinia de 1980, por la misión del ejército italiano en el Líbano de 1983, por la misión militar en Bosnia de 1996... y, como guinda de la suculenta tarta del Estado, por el costo de la renovación del contrato salarial, del 2004, de los empleados de tranvías y de la red de ferrocarriles italianos.

En realidad somos todos un poco víctimas de terremotos de toda especie y procedencia, que no siempre son movimientos telúricos, caprichos o leyes de la naturaleza, aguas agitadas y lavas y gases volcánicos. Yo, por ejemplo, me considero un terremotato. Se que antes de poner la primera en mi coche tengo que echar en el limosmero del Estado unos cuantos céntimos para la Guerra de Abisinia de 1935 y para otros tantos terremotos que pasaron por aquí hace varios decenios.

Ahora yo quisiera saber, siendo terremotato y ciudadano de un país democrático, Estado de Derecho lo llaman !ay que me da la risa! en qué medida o porcentaje centesimal de euro me veo obligado a contribuir para tapar los huecos producidos por los despilfarros del público erario de las autonomías, por el alegre vivir de ediles corruptos, por la vidorra que se pegan ciertos políticos con vacaciones pagadas en fincas del Patrimonio Nacional, por el choriceo de la "operación Malaya" o del alcalde sociata de Alcaucil, por el diseño personalizado de los despachos del Sr. Touriño o de Bibí, nuestra miembra nacional, por el coste de los vuelos de Malene, por los viajes exóticos de la armanivestida vicepresidenta, por los sueldazos y regalías que perciben los tropecientos consejeros del inquilino de la Moncloa -entre los que se cuenta un primo carnal del Presi !oiga! que a eso se llama nepotismo, del latín nepos, sobrino, nieto, en general algún familiar, aunque algunos biólogos aseguren que el nepotismo "es una especie de selectividad de parentela" (que lo he venido a saber por fuentes cercanas a su familia vallisoletana), el hijo de Elisa Zapatero, hermana de su madre, Elisina como la llamábamos de cuando éramos jovenzuelos... Qué sí, que me gustaría saber en que medida contribuyo a tener en pie tantos desmanes, si lo pago, a plazos, en cada litro de gasolina o en cada kw o m3 de los recibos de luz o de gas o en qué coño, porque siendo bagatelas imponibles me creo con el derecho de saberlo, aunque sólo sea por curiosidad.

También por curiosidad he consultado un poco y en la medida de lo posible, las profecías de los mayas que ya habían previsto catástrofes, históricamente recientes, con varias decenas de siglos de anticipación, como la Gran Guerra del 1914 o la Segunda Guerra Mundial o la más reciente de los Balcanes. De lo que no he encontrado ni la más pequeña traza es de la España actual, quizás porque los maya, escrutadores de los destinos del Universo, despreciaban el entrar a pensar en el juego mezquino de futuras democracias a medio parir o mal paridas, como la nuestra, controladas y explotadas por políticos cuyo escasísimo lumen, del que estan dotados en el interior de su armazón craneal, les lleva a pensar, única y exclusivamente en el propio bienestar o en el beneficio de bandería de una determinada agrupación o partido, en vez de hacerlo, con inteligencia, valor y previsora gallardía, en pro de la convivencia civil de la comunidad nacional que les ha tocado malgobernar. Que todo su esfuerzo consiste en los intentos de desmemoriar la historia y en imprimir manuales de deseducación cívica-social-sociata.

Desde Herodoto y Tucídides hasta Tácito y Suetonio, desde la crónicas medievales a Theodor Momsen, a Burckhardt, a Spengler, a Toynbee o a nuestro Américo Castro, la historia nos demuestra que el resentimiento, aunque tenga su origen en la desgraciada muerte, en trágicas circunstancias, de un abuelo, es no sólo el peor, sino el más letal consejero de un gobernante.

De todas formas, insisto, me gustaría saber algo más sobre la transparencia de esas cuentas de las que he hablado. Eso sí, antes de la fatídica media noche del 23 de diciembre del 2012, porque si, por caso, se cumple la profecía maya, por aquellas fechas, más bien, estaremos todos bastante jodidos.


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