Presidente Consejo Editorial: Germán Yanke
Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
04/03/2009
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El hijo salvador

Patxi Andión

La sociedad civil se pregunta por las razones que seres humanos parecidos toman conscientemente y que al ser civil de la sociedad española le suenan a chino. Es normal y repetido que el vecino no acierte a comprender al otro, probablemente porque no está dispuesto a ello de entrada, pero es cierto que las diversidades culturales sociales y económicas alumbran comportamientos que son arduos de comprender desde las diferentes ópticas desde las que se puede observar el fenómeno.

La sociedad civil española observa el fenómeno de la inmigración ilegal con detenimiento, por varias razones, la primera porque siendo una parvenu al mundo de los ricos, al que ha llegado hace apenas un suspiro, le conmueve el hedor mísero que, como un halo viejo, rodea la imagen de los ilegales. Después, porque es una sociedad que se siente culpable del abandono de la tierra y los campesinos arrebatados le ponen un poquitín nerviosa y se siente involucrada. Y también, porque no se reconoce a sí misma en esa gleba que desembarca haciendo nadar a los muertos como barcazas hasta las playas. El asunto es que en algunos casos no se reconoce a sí misma algunos años atrás, porque mirar al pasado ni es fácil, ni gratificante. Si lo hiciera, vería cómo algunas cosas que considera inadmisibles en su conducta están mucho más cerca de su carácter pasado de lo que supone.

A las playas españolas, por ejemplo, llegan en los últimos tiempos algunas pateras que son auténticas guarderías. La última conocida la que llegó la semana pasada a Lanzarote con su carga macabra de muertos infantiles repartidos como fardos, ahogados en apenas una veintena de metros insuperables. En esa, y en otras pateras, estamos viendo cómo el enrole está encauzado hacia la infancia, son sobre todos niños los que componen su pasaje de sufrimiento y horror. Niños a los que sus padres han pagado a precio de oro un billete hacia el futuro, soñando con evitar los embates del océano y los rigorismos de la repatriación. Los padres saben que la mejor arma para desembarcar tras ellos es que sus hijos se queden en el paraíso, ese que a nosotros nos huele a paro, desesperación e incertidumbre pero que para ellos es el cielo recién venido.

No es nueva ni desconocida la utilización del hijo para la propia salvaguarda. Tener un hijo varón en la España rural hasta la mitad del siglo pasado era la garantía alimenticia del futuro y en ellos se depositaba la incierta y desdentada vejez que tenía que alimentar, donde le habían alimentado. Los hombres que producían más varones que hembras eran admirados en los Montes de Toledo, de tal guisa que algunos de ellos ejercían como mozallones de cría, de manera que de vez en cuando se podían llegar hasta la majada algunas ayas e incluso maridos con sus mujeres para que fueran cubiertas por el mozallón a cambio de dinero y asegurar en lo posible el futuro. En mi niñez, en los caseríos del norte, el nacimiento de una niña se celebraba con sidra, el de un niño, con vino. El hijo salvador.

La sociedad civil se espanta ante el olvido como lo hacen los murciélagos ante la luz, pero debe recordar, debe recordar.

No hay quien escampe ni truene o desarbole, el hombre es nada. Marzo


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