Es difícil imaginar lo que se siente cuando uno se bate el cobre en su propia casa y gana la partida. Y es que la vida está llena de retos que es preciso superar, y en la corta existencia de UPyD -apenas año y medio- los dos escollos que ha debido superar no lo han sido de pequeña importancia.
Contra el pronóstico de detractores de todo signo -y de esos amigos que te sueltan siempre eso de "que tengáis suerte, aunque lo probable es que no hagáis nada"- UPyD consiguió más de 300.000 votos y un escaño en el Congreso, hace ahora menos de un año.
El 1 de marzo, este joven y diferente partido revalidaba el éxito del pasado año entrando en el Parlamento vasco. Los resultados en Galicia tampoco son desdeñables: ahora UPyD es la cuarta fuerza política en esa Comunidad, por delante de coaliciones y partidos de carácter tan clásico como lo es Izquierda Unida.
Éste era un resultado necesario. Y por muchas razones, además.
Después de las elecciones de marzo del 2008 había quien pensaba que el resultado era encomiable, pero que se debía sólo a dos motivos: que se trataba de ayudar a que esa valiosa mujer que es Rosa Díez entrara en el Congreso y porque Madrid -ese "rompeolas de las españas"- era el único escenario posible para un partido tan singular -alguno lo llama "raro"- como lo es el nuestro.
Era preciso, por tanto, que UPyD se convirtiera en un partido nacional, más allá de sus postulados programáticos; esto es, en un partido con representación institucional en otras partes de nuestro país y que dejara de ser un partido exclusivamente "de Madrid".
Por otra parte, para quienes estuvimos tanto en "¡Basta Ya!", trabajando en transversal, como en la "Plataforma Pro", lanzando lo que luego sería UPyD, muchos de nosotros vascos, nuestra entrada en el Parlamento de Vitoria se convertía en un reto de obligado cumplimiento.
Por eso, observar a una Rosa exultante, a un Carlos emocionado, a un Juan Luis feliz desde la lectura de los datos que escupía su ordenador... fue un gran espectáculo.
Y luego, cuando los voluntarios de UPyD -los locales y los que venían de lejos- recibían las palabras de Rosa y de Gorka, había en sus voces la satisfacción por el deber cumplido y el afán por contribuir a la extensión de un proyecto que pueda sacar a España del marasmo en el que se encuentra.
Fue una noche repleta de felicidad.