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04/03/2009
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Treinta años de agresión nacionalista

José Antonio Zarzalejos

Me voy a permitir, y pido disculpas por ello, citar el libro que, bajo el título Contra la secesión vasca, escribí en el 2005 con el llamado Plan Ibarretxe en plena efervescencia. Sostenía en ese texto que el mal del País Vasco consistía en que en mi tierra se había instalado un régimen nacionalista tutelado por la coacción ejercida por la banda terrorista ETA. Aquella apreciación -evidente para los que durante muchos años la hemos sufrido- podría parecer hiperbólica para otros ciudadanos españoles en distintas comunidades y regiones. Sin embargo, el PNV -beneficiario indirecto del miedo que genera el terrorismo nacionalista según el apotegma de Arzalluz de que unos mueven el árbol para que otros recojan las nueces- se ha mostrado tal cual es: ante la impotencia democrática de una victoria insuficiente y ante la hipótesis de que el PSE pueda gobernar Euskadi, ha echado mano del lenguaje bélico y así un López lendakari sería para los nacionalistas nada menos que una agresión. No aclaran a quién agrediría esa fórmula de Gobierno perfectamente democrática; tampoco explican por qué resultaría hostil. Los peneuvistas se limitan a verbalizar una coacción en un proceso de sustitución de la semántica de los etarras. Tratan de amedrentar a los pusilánimes, que en Euskadi son legión.

La reacción de Patxi López ha sido de decoro y, es de suponer, le confirma en su tesis de que el País Vasco precisa un cambio de rumbo que lleve al PNV a la oposición para que allí, fuera del poder, diriman los nacionalistas sus pleitos de familia, se diluya como un mal sueño el nefasto Ibarretxe y se regeneren todos ellos del etnicismo y el integrismo aranista. López ha dicho que allí ya no hay un régimen. Es cierto: desde el domingo, el régimen nacionalista ha sido desactivado y, como recordó Felipe González al secretario general de los socialistas vascos, López no sólo tiene la oportunidad de gobernar, sino la obligación de hacerlo. Precisamente para que cese la agresión de los nacionalistas -que dura ya casi treinta años-, que han gobernado el País Vasco como si de un cortijo se tratará gracias, entre otras razones, a los complejos de la izquierda española. Eso ya no debe repetirse, y si es preciso el concurso casi filantrópico del PP, sea. Mariano Rajoy y su partido, Basagoiti y los suyos, sirven a la causa de la democracia, de la Constitución, de las libertades y de España, si, en un ejercicio de alta política, dejan gobernar en solitario, y apoyan desde fuera del Gobierno, a los socialistas vascos. Éstos habrán de hacerlo "sin choque de trenes" pero a condición de que la colisión no la provoquen, como parece lo están volviendo a hacer, los dirigentes del PNV.

En Sabin-Etxea, sede del PNV, se sabe que ha llegado la hora de la verdad, de su verdad: la de enfrentarse a una realidad histórica que han ido sorteando con trampas e inmoralidades ideológicas y políticas demasiado tiempo. La hora en que les toca perder el poder. La mayoría en el Parlamento de Vitoria es no nacionalista, y ése es un dato objetivo que ya no pueden alterar. Sólo una improbable traición al sentido de la historia por parte del PSE-PSOE haría posible que el visionario Ibarretxe se instale cuatro años más en Ajuria Enea, prorrogando otro cuatrienio la agresión de su régimen excluyente y cruel.

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