Dado que el arte del siglo XX ha sido el cine, que ha superado en originalidad, éxito de masas, e incluso talento a las otras seis artes antiguas: danza, música, pintura, escultura, arquitectura y literatura, el Oscar del cine se ha convertido en el Premio Nobel del Arte. Lo que el Premio Nobel representa para las ciencias, el Oscar lo significa para las artes. Ningún premio de pintura, novela o arquitectura se puede comparar al tirón mediático y espectáculo multitudinario del reparto que se celebra en Hollywood cada mes de febrero.
Los intentos de la pintura abstracta, la música atonal, la literatura experimental o la arquitectura funcional para renovar la creatividad de unas artes que tienen más de cinco mil años -la danza y la escultura aún más- han resultado estériles ante la pujanza del séptimo arte, el cine, el arte total que intuyó Wagner como suma de las diversas artes. ¿Y qué si no es el cine, combinación de pintura (los encuadres), música (banda sonora), literatura (guión y diálogos), danza (a veces), escultura, arquitectura (escenografía y decorados)?
El cine ha barrido a las demás artes en éxito de público y ahora, por medio de la televisión, está en cada casa cada día, cosa que ni la Gioconda de Leonardo da Vinci ha podido lograr, no digamos ya un payaso de Picasso. El cine y la música pop han sido las artes triunfantes del siglo XX. ¿Artes de masas?,
¿pop culture?
No está tan claro. En el cine se han logrado auténticas obras de arte, y en el pop, Los Beatles no desmerecen a Mozart.
Los Oscar, además, se están convirtiendo en un espectáculo globalizador, como la Olimpiada y los Mundiales de Futbol. No hay otro evento que supere a estos tres en capacidad para crear un público mundial, globalizado, unos espectadores multirraciales, multiculturales, una asistencia masiva. Y todos los ciudadanos del mundo identificándose con los atletas, los jugadores o los actores de cine.
Uno se siente ciudadano del mundo viendo los Oscar, compartiendo una afición y unos conocimientos con millones de seres humanos de otros continentes y contenidos. Esa noche se aparca el divisivo nacionalismo para aludir sólo al sentido de identidad o de pertenencia: Alcobendas. Pero todos somos de Alcobendas o de Omaha en esta fábrica de los sueños y por eso el cine nos está haciendo mejores. Bendito sean Melies, Brando y Sofía Loren.