La vida política y económica de España se ha convertido en un calendario de sobresaltos. Antes solía decirse que cada día tiene su afán. Ahora cada día tiene su susto. El hombre de la calle, el que todavía no está afectado estrictamente en su medio de subsistencia propio, aunque su núcleo familiar sea una colección o promesa de parados y él mismo no haga otra cosa que ponerse en fila, asiste al espectáculo -porque de tal se trata- con una mezcla de resignación y alarma. Poco a poco la indiferencia va dejando de tener sentido. En Andalucía, y concretamente en Málaga, ha tenido lugar una importante manifestación contra el paro, o contra la situación que lo produce y los políticos que la gestionan. El presidente andaluz, Manuel Chaves, dice que está resueltamente en contra de los despidos, enviando así, desde su interminable plataforma de mandato político, un cómodo mensaje de rutinaria solidaridad.
Cada día es más evidente que los sindicatos no pasan de ser lo que durante tantos años han venido siendo: empleados del sistema, con cuadros que hacen como que hacen, repletos de "liberados" cuidadosos de su estatus. Y lo que ya no puede hacerse desde ningún observatorio es dedicarse a describir lo que todo el mundo ve. Ya no es tiempo de ver, sino de comprobar. Y de oír cómo se agitan, por cuestiones de funcionamiento, estamentos que nunca se manifestaron en términos de huelga, como es el caso de los jueces y demás personal del mundo de la justicia.
Cunden las "asambleas" de pensantes en televisión y radio, dedicados al análisis de lo que sucede. Y de tales reuniones lo que se desprende de modo especial es un torrente de acusaciones que en otras circunstancias habrían abastecido los juzgados con demandas y querellas por imputaciones delictivas contra jueces y políticos, aunque el concepto no se exprese siempre con tanta claridad.
Se percibe un enorme crujido -nunca mejor dicho- de país en quiebra. Ya hasta un grande del fútbol español, el Valencia, va camino de ello, y dicen que no puede pagar a sus jugadores mientras compite por la
Champions.
Desde el exterior llegan ecos casi increíbles: en Japón, su economía es la que más acusa la recesión entre los países ricos, siendo él uno de los socios distinguidos del G-8.
Y España, ¿qué añadir a su repertorio de cuitas cuando Bruselas "nos expedienta" por exceso de déficit público? Da vergüenza en este marco evocar el asunto, que ya casi parece lejano, de las cacerías en las que escopetas que se pretenden ilustres la emprenden festivamente con los inocentes cérvidos, mientras se urden conjuras político-judiciales para preparar los asaltos al poder. Naturalmente, desde escenarios concomitantes se piden dimisiones, como si ese clamoreo de voces sirviera para otra cosa que para consolidar las posiciones de los descalificados. No hay, en efecto, mejor procedimiento para mantener a un personaje en un alto cargo que pedir su cabeza a quien lo nombró.
Todo ello en pleno ceremonial preelectoral, ese tiempo de gasto, derroches, promesas y compromisos ligados a futuros negocios, esos negocios que nunca cesan entre el tormentoso intercambio de acusaciones en las que unos y otros se tiran los delitos a la cabeza. España tiende a ser un festival de urnas que pueden deparar una demostración desmoralizante: el electorado no escarmienta, las alternativas no se perfilan, el voto que no cesa, gotea en el país de las diecisiete "fincas", algunas altamente ruinosas pero todas notablemente productivas para cinco o seis inventos organizativos.
Un dramático tedio se apodera del ambiente. Cualquiera diría que ETA tiene una excelente oportunidad de hacerse sonar, mientras acusa al PNV de configurarse como un carlismo del siglo XXI.