No sabemos si a Esperanza Aguirre le quedan reflejos, o si los gastó en Bombay cuando dijo aquello de pies para que os quiero y dejó al pobre de Arturo en el malecón viendo pasar sobre su cabeza el avión en el que huyó hacia el cielo protector de Madrid. Pero si a la condesa de Bombay le queda un ápice de sentido común y algo de instinto de supervivencia política debe hacer una urgente crisis de su Gobierno que la aparte de todos los posibles riesgos, si es que eso es factible a estas alturas de la película. Porque a veces da la impresión de que ella no sólo está al corriente de todo lo que ocurre a su alrededor, sino que parece la directora de tan ruidosa banda de música.
De lo contrario, no se entendería que un día destituya al policía Gamón, porque lo han pillado registrando el despacho de Prada, y al día siguiente lo recoloque en otro despacho de su presidencia, desde donde se dice que han espiado a sus compañeros del PP. Como tampoco se explica que ella, tras el escándalo de Majadahonda que le costó el puesto a Ortega, recolocara a este personaje en el Mercado de la Puerta de Toledo, de donde también tuvo que dimitir. O que en la despedida de López Viejo llenara de piropos a su dimisionario consejero de Deportes, que está en todas las quinielas de la trama de Correa. O que no consiguiera el cese, o dimisión, del alcalde de Boadilla, Panero, o que se haya resistido tanto a desalojar de la comisión de investigación de la Asamblea de Madrid a Benjamín Martín, lo que estaba cantado y acaba de ocurrir.
Y ya van cuatro ceses o dimisiones de empaque en la Comunidad de Madrid, y eso que todavía no se ha levantado el telón del escenario -imaginamos que en los teatros del Canal de Isabel II- donde se representa la obra cumbre de Agatha Christie,
Los Diez Negritos de la Puerta del Sol.
Pues eran diez los negritos de Aguirre, y ya sólo quedan seis porque han caído cuatro, y tiene al resto de sus conguitos particulares en un ¡ay! Por lo que no estaría nada mal que la condesa de Bombay y Murillo se adelantara al guión y empezara, sin esperar al juez, al fiscal o la pareja de la Guardia Civil, a remodelar a fondo su Gobierno y ciertas empresas de la Comunidad.
No dirá nuestra condesa que no llevamos años avisando. Pero nada, ella, erre que erre y haciendo oídos sordos. Pero está vez ya está tocada y le ha visto las orejas al lobo negro de la toga, como empieza a verle al manso corderito de Rajoy, el que no quiere poner -con razón- la mano en el fuego por ella, los colmillos que el ovino tenía escondidos mientras musita entre dientes la copla del sur: "Una cordera / una cordera / de tanto acariciarla / se volvió fiera".
O sea, que no sabemos si la condesa se fuma un puro, como Sarita, o si va a proceder, por si las moscas, a una crisis de su Gobierno y de una tacada se va a cargar a I. González, F. Granados, I. de Miguel y a P. A. Martín Marín, para empezar. Y todavía le quedan otros dos negritos que están a punto de subir al cadalso madrileño, entre los que podrían estar el "Ratoncito Pérez" -ese incansable roedor de quesos de Arganda y Chamartín- y una joven dama de sonoro apellido y especial habilidad para obtener contratos en la Comunidad de Madrid.
Si Aguirre no hace una limpia puede que alguien, desde la calle Génova de la capital del Reino, se la hagan a ella, porque sus problemas no se acaban con el sumario de Correa que instruye Garzón, sino que además de todo esto, que no es poco, luego viene lo de los espías y un tercer capítulo con el que nadie cuenta, por el momento, pero que llegará como un meteorito de fuego iluminando con su fulgor incandescente el palacio de la Puerta del Sol.
Y, sobre todo, porque en medio de este terremoto de Francisco Correa que tiene su epicentro en la Comunidad de Madrid se ha abierto, para disfrute de Zapatero y del PSOE, un furiuoso ajuste de cuentas en el seno del PP en el que da la impresión que ella, la condesa, se quiere llevar a su tumba política, la que está cavando con tanta pasión -"pico y pala, pico y pala"- a Gallardón y a Rajoy. Y no parece que ninguno de los dos esté por la labor, por lo que a lo mejor, y en un alarde nunca visto en el de Pontevedra, un día de éstos se nos anuncia la creación de una gestora en el PP de Madrid, donde para más abundancia, aparece Paco Granados como secretario general, e imaginamos que blandiendo un vistoso bate de béisbol con el que, al parecer, nos quería hacer una exhibición de su habilidad para batear en las canchas de Madrid.