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17/02/2009
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Sangre en la escopeta nacional (2)

Jaime Peñafiel

En mi última columna, a propósito de la famosa cacería-montería, protagonizada por el ministro de Justicia, el señor Bermejo, y el juez de la Audiencia Nacional, señor Garzón, recordaba, la pasada semana, las cacerías del franquismo, la parte más lúdica del Régimen. También el tiro, en el culo, de la hija de Franco por un cazador inexperto, como era entonces Manuel Fraga, quien participaba, por vez primera, en una cacería de perdices.

De haber sido una montería en la que se dispara con rifle y no con escopeta, con postas y no perdigones, de haberle dado a Franco y no a Carmencita, posiblemente el accidente no habría quedado, como recordaba yo, en un simple gag, propio de una película de Charlot, sino en un magnicidio que habría cambiado el curso de la historia.

No fue aquélla la primera vez que la sangre, no precisamente de ciervos, gamos o muflones, salpicaba una cacería de Franco.

Hubo una en la que un teniente general a punto estuvo de matar a un subsecretario al dispararle, no uno sino dos cartuchos... en el corazón.

Fue un día de perdices en la Veguilla de Cuenca, organizada para Franco. Entre los invitados, el teniente general García Valiño y el entonces subsecretario de Agricultura, Lamo de Espinosa, padre de quien, años mas tarde, de 1978 a 1982 fuera ministro, un gran ministro, en el primer Gobierno constitucional de Adolfo Suárez, Jaime Lamo de Espinosa.

Franco, que como siempre estaba acompañado de su médico personal, Vicente Gil, al oír los disparos le ordenó a éste: "Corre al puesto del subsecretario de Agricultura porque acaban de pegarle un tiro en el corazón".

Vicentón, como así llamaban al doctor, corrió al puesto del señor Lamo de Espinosa y se dio cuenta inmediatamente de que este sufría un shock gravísimo. Había diagnosticado bien Franco al decir que era un tiro en el corazón. Inmediatamente se procedió a evacuarle a Madrid, donde llegó al hospital de La Princesa moribundo.

"Yo tenía seis años y mi padre treinta y tres", me reconocería mi tocayo Jaime no hace mucho tiempo. "Todos los hermanos estuvimos convencidos de que íbamos a quedarnos huérfanos. Así vivimos más de ocho meses, lo que duró la curación y la convalecencia de nuestro padre. Aquel tiro, que estuvo a punto de matarle, le dejó dañado de por vida".

El autor del disparo jamás se dignó visitar a quien había estado a punto de matar. Por ello, comprensible y humano es que, de este cazador, Jaime, "ni el nombre quiero recordar".

Por algo Manuel Fraga Iribarne calificaba en sus memorias a García Valiño de "buen general y peligroso compañero de caza".

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