Todo quedará en el País Vasco, sin duda, pendiente de los resultados de las elecciones del próximo 1º de marzo, pero el candidato socialista ha dado un paso adelante afirmando ayer, de forma clara, que no pactará con el PNV si este último partido gana los comicios. Una posibilidad, así, queda cerrada, al menos en el campo de las promesas electorales, a pesar de que el PP, por desconfianza o por interés en la campaña, repita una y otra vez que los socialistas terminarán pactando con los nacionalistas. López había sido preguntado por un acuerdo en el caso de que el PNV resulte ser el partido más votado porque, en la otra hipótesis, en la de que le toque a él formar Gobierno, prefiere hablar de dialogar con todos y niega que quiera establecer un acuerdo "contra nadie". La fórmula de un lehendakari socialista con apoyo del PNV sería, de todos modos, tan llamativa como extravagante e implicaría, desde luego, la jubilación no sólo de Ibarretxe, sino de una generación de ese partido, lo que, a primera vista, resulta improbable.
Habría que señalar, de todos modos, que declaraciones como las de López, que no se opone a recibir el apoyo de los populares aunque no desee incluirlos en un hipotético Gobierno, dan más muestras de optimismo que las escuchadas en los mítines del PNV a lo largo del fin de semana, en las que las palabras gruesas muestran la preocupación por acuerdos que terminen excluyéndoles de la maquinaria de poder que han manejado durante decenios. Tiene gracia, en este sentido, presentar un posible entendimiento, con la concreción que fuere, de los no nacionalistas como un "frente" y como un peligro para el autogobierno.
Al parecer, en la concepción patrimonialista del poder que tiene el PNV los acuerdos con nacionalistas que dejan fuera a PSOE y PP no son "frentes" (ni incluso el empeño en sumar a los votantes y restos próximos a las organizaciones de ETA), pero sí la alternativa. Puede que algunos se sientan amenazados por esta posibilidad, pero no será por el autogobierno (como se ha demostrado, sin ir más lejos, en el Gobierno no nacionalista en Álava), sino porque se vendría abajo el montaje del PNV en el que se mezclan el clientelismo con cargo al Presupuesto y las andanadas nada democráticas de los planes y "consultas" de Ibarretxe.
No es un vicio intelectual sólo de los nacionalistas, de todos modos, ya que, como disfraz de diversos y antiguos complejos, los hay en el otro lado del espectro político que no conciben un Gobierno vasco sin la presencia de los primeros. Ahora se mienta mucho, por contraste aparente, el buen entendimiento que hubo en el 2001 para establecer una alternancia al PNV. Recordemos que fueron muchos los que, en la fase previa a aquellas elecciones, propiciaban un acuerdo "transversal" que incluyera a los nacionalistas y, cuando la alternativa no se logró por un puñado de votos, nadie reclamó la citada "transversalidad" al PNV, ya que parecía muy lógico que, si había ganado, gobernase dejando fuera a populares y socialistas. Se trata de un complejo que, ante la oportunidad que se abre -complicada, pero posible- el PP debe combatir y el PSOE, si no quiere ir siempre a rebufo del nacionalismo, superar.